"...hay que soñar en voz alta, hay que cantar hasta que el canto eche raíces, tronco, ramas, pájaros, astros..." Octavio Paz. El Cántaro Roto.

CRIANZA EN CULTURA DE PAZ

Conocer , comprender y respetar cada etapa evolutiva y necesidades legítimas de los niños y adolescentes. Reconectar con lo mejor de nosotros mismos. Transitar hacia el lindo horizonte de un mundo más humanizado.

martes, 19 de agosto de 2014

¿Cómo nos sentimos cuando nuestro hijo “se porta mal”?




Tanto que hablamos o pensamos los adultos sobre la necesidad de que los niños aprendan a tolerar frustraciones. Incluso se las provocamos intencionalmente para que "aprendan a manejarlas”... En cambio los adultos no somos capaces de darnos cuenta de nuestra baja tolerancia a la frustración, especialmente cuando de criar a niños se trata.

Nos frustramos bastante cuando nos toca adaptarnos a los ritmos y necesidades madurativas del niño. Se frustran nuestros deseos de comodidad y autonomía ante la exigencia de acompasar nuestras rutinas a las de un bebé recién nacido o niños pequeños.

Nos frustramos frente al niño que no nos hace caso de inmediato, que no hace lo que le pedimos, cómo y cuándo se lo pedimos. Nos agobiamos con el niño que quiere ser niño y por tanto no se adapta al orden de la casa, de la escuela, de las rutinas organizadas en función de la comodidad adulta... y gritamos, castigamos, nos sentimos abrumados, estallamos... Perdemos de vista que los adultos somos nosotros y lo lógico es que tengamos mayor capacidad para adaptarnos a la realidad de las exigencias que supone criar o educar a los niños.

La pregunta entonces sería la siguiente ¿hay que frustrar a los niños para evitar la frustración que atenderlos debidamente provoca a los adultos, o somos los adultos los que necesitamos aprender a manejar nuestras frustraciones ?

Así mismo,  conviene cuestionarnos de dónde viene tanta incapacidad para tolerar nuestras propias frustraciones frente a las demandas del niño presente a nuestro cargo.

Cuando un hijo o un niño bajo nuestra responsabilidad manifiesta un comportamiento que valoramos como indeseable, antes de actuar, es recomendable hacernos algunas preguntas: ¿cómo nos hace sentir?, ¿por qué nos molesta tanto y perdemos la paciencia?, ¿fuimos niños que con la sola mirada de los padres teníamos que callar lo que pensábamos y dejar de pedir o hacer lo que necesitábamos?, ¿cómo repercute en el trato hacia los niños actuales bajo nuestro cuidado, la propia infancia, en la que resultaba más doloroso expresar nuestras emociones o necesidades, que callarlas?

Desde nuestro propio niño violentado, desoído, reprimido, a menudo perdemos la paciencia ante las expresiones de enojo,  demandas de atención,  y otros pedidos y  emociones de nuestro hijo. Los adultos solemos reaccionar de cara a  los pequeños a nuestro cargo, a partir de la propia impronta arrastrada desde infancias abusadas,  reprimidas, ignoradas a raíz de crianzas llenas de autoritarismo  y exigencias desmedidas. 

Desarmar la lealtad hacia los padres para llegar a la verdad de estos abusos es muy duro, con lo cual tendemos a minimizar y enterrar en el inconsciente lo que nos pasó. Pero eso que nos pasó sigue operando desde las sombras, creando interferencias en nuestras interacciones con ese niño presente, real, que ahora depende de nosotros,  y nos pide o expresa  lo que legítimamente necesita.

Tal vez esto explica la razón por la cual tantos adultos sentimos incapacidad de tolerar el llanto de un niño, o de aguantar a niños que piden brazos, mirada, niños inquietos, movedizos, que exploran, que hacen ruido, que juegan o se enojan, que defienden sus propias ideas,  que demandan ir a su propio ritmo infantil… y el porqué frente a todo eso se nos detona una serie de emociones difíciles de manejar. 

Ciertamente vale la pena hacer algunas preguntas, antes de meter automáticamente en el saco de los  límites y la disciplina, cualquier conducta  del niño.  

Sobre este tema me entrevista  Elí Bravo en su programa Inspirulina Radio 
Aquí tienen el podcast 



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