"...hay que soñar en voz alta, hay que cantar hasta que el canto eche raíces, tronco, ramas, pájaros, astros..." Octavio Paz. El Cántaro Roto.

CRIANZA EN CULTURA DE PAZ

Conocer , comprender y respetar cada etapa evolutiva y necesidades legítimas de los niños y adolescentes. Reconectar con lo mejor de nosotros mismos. Transitar hacia el lindo horizonte de un mundo más humanizado.

miércoles, 6 de mayo de 2015

El objeto transicional, objeto de consuelo o de apego.

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Las crías humanas, a diferencia de otras especies del reino animal, nacemos y nos mantenemos a lo largo de mucho tiempo bastante inmaduras, con lo cual para sobrevivir somos inherentemente muy dependientes  -a lo largo de años- de uno o de varios cuidadores que sepan interpretar nuestras necesidades y cubrirlas de inmediato. La figura vinculante principal se constituye en la fuente básica de seguridad, afecto, contacto, alimentación y protección, es decir en la fuente de sobrevivencia del niño durante los primeros años de vida.  La estrategia de nuestro diseño biológico, mamífero, primate, altricial,, establece reclamar el contacto prolongado con dicha figura de apego primaria (generalmente la madre) para resolver las dificultades fisiológicas y los rigores ambientales durante un momento evolutivo en el que carecemos de autonomía.  Cuando el niño pequeño recibe prolongada, oportuna y sostenidamente la atención del adulto cuidador, se establece el vínculo de apego seguro, que comporta la raíz de la autoestima y la confianza con el mundo que le rodea, así como la base de todo vínculo posterior.

La cultura occidental moderna ha engendrado el constructo social de una pretendida necesidad de independencia de los niños pequeños, estableciendo así patrones de crianza alejados de las necesidades biológicas de las crías, con lo cual se condiciona, favorece o presiona la separación o desapego temprano del niño y la madre o figura vinculante, entre otras razones para satisfacer demandas laborales y otras funciones establecidas por el sistema productivo.  Es así que se observa cómo en civilizaciones occidentalizadas, ocurre en mayor  frecuencia e intensidad que los niños pequeños establezcan vínculos afectivos con objetos que vienen a suplir la presencia segurizante del cuerpo, calor, olor… de la madre o figura principal de apego. Hablamos del llamado objeto transicional, objeto de apego, o de consuelo, que puede ser un peluche, una mantita, una almohadita, el chupón… y que según la mirada de algunos especialistas (la cual comparto) fungen como substitutos, comodines, bastones ante la necesidad de consuelo de las criaturas y que deberían ser cubiertas originalmente por la figura maternante.   El concepto de objeto transicional lo acuña Donald Winnicott, pediatra y psicoanalista británico, para denominar el objeto que ayuda a los niños a dormirse en solitario o que suple funciones de la madre cuando se encuentra ausente.  Estudios científicos y observaciones realizadas por antropólogos que comparan los estilos de crianza en las distintas culturas,  han comprobado que en aquellas donde los niños duermen acompañados por su madre o sus padres,   es excepcional el uso del objeto transicional.

El objeto de transición se vuelve muy importante para el bebé o niño pequeño, lo acompaña durante mucho tiempo y le resulta imprescindible cuando más necesita consuelo o requiere calmar la ansiedad. Por ejemplo, al momento de separase de su madre o padre, cuando va a la guardería, cuando duerme en solitario, etc.    No todos los niños adoptan un objeto transicional. Según describen algunos expertos, los niños suelen apegarse al objeto transicional alrededor de los nueve meses  hasta entrar a la etapa evolutiva donde desarrollan la madurez psicólogica, biológica y otras funciones cognitivas que le permiten gestionar mejor el miedo a la separación, tienen mayor autonomía y comienzan la socialización, lo cual sucede alrededor de los cuatro años. Sin embargo cualquier situación que provoque inestabilidad emocional (llegada de un hermanito, ingreso a guardería o preescolar, etc.)  puede explicar la necesidad del niño de aferrarse a dicho objeto o conducta transicional.   Cada ser humano es único y su mundo subjetivo emocional también, con lo cual razones pueden haber tantas como individuos. Personalmente comparto la teoría de algunos especialistas que sostiene el hecho de que la  prolongación del vínculo con el objeto transicional más allá de la edad madurativa correspondiente, pudiera arraigarse en necesidades de apego seguro no satisfechas oportunamente.

¿Podemos evitar que se instale la necesidad de un objeto transicional? Algunos expertos en la conducta coinciden en que es posible en la medida que atendamos el pedido original de cuerpo materno, consuelo y presencia segurizante prodigado por la figura de apego primaria, sobre todo a la hora de dormir.  En caso de que ya se haya establecido el vínculo con el objeto transicional y nos planteamos ayudar al peque a separarse de dicho objeto, coincido con la propuesta de acompañarlo de un modo amable, gradual, sin agobios. Siempre atendiendo el pedido original de presencia segurizante para que no se desplace hacia el objeto de consuelo. Es decir, en lugar de quitar  al niño  la mantita, el osito o el chupón, tratemos de cubrir el pedido original de abrazos, mirada, presencia y cuerpo materno, necesarios para calmarse. Es importante saber que esta conducta de apego no constituye una patología ni un comportamiento alterado, con lo cual insisto en la  importancia de no agobiarnos ni agobiar a los pequeños en el intento reprimirla.


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