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miércoles, 11 de febrero de 2015

El momento de comer: placer o agonía





No son pocas las veces que las madres manifestamos seria preocupación porque el niño no come lo que queremos que coma, en las cantidades, horarios y de  la manera en que suponemos que debe comer. Sin embargo, comer al igual que respirar, amamantar, dormir, evacuar son funciones robustas. Salvo que se trate de una patología (lo cual resulta excepcional) venimos perfectamente dotados para hacerlo sin dificultad desde el momento en que nacemos y es que de otro modo sencillamente no sobreviviríamos como especie. 

Cabe preguntarse cuándo y cómo fue que los seres humanos creamos tantas interferencias hasta convertir el momento de alimentar a los peques en una experiencia llena dificultades, de tensión, represiones y exigencias desmedidas, en lugar de fluir dejándonos llevar por el placer compartido al ritmo pausado, juguetón y relajado que supone acompañar a los más pequeños.

Para comer sanamente y en armonía, un niño aún muy dependiente de los cuidados parentalesnecesita de la intermediación de un adulto significativo con disposición emocional y ganas de estar, de acompañar sin presionar.  Sin embargo la mayoría de las veces  nos encontramos apurados o agobiados con lo cual hacemos que el momento de la comida sea rápido, bajo presión, ceñido a un tiempo que responda a la velocidad del adulto y no a los tiempos de las criaturas.

Muchas veces  pretendemos que el niño coma las cantidades que nosotros decidimos unilateralmente, sin tomar en cuenta las pistas que él nos indica sobre lo que necesita para saciarse. A menudo les servimos platos que para un adulto, proporcionalmente, suponen una olla entera de comida, y pretendemos que se lo coman todo.

Al igual que en otros aspectos de la crianza como el sueño infantil, el control de esfínteres, etc., asumimos la alimentación de nuestros pequeñines desde  expectativas irreales sobre lo que ellos están o no en condiciones de alcanzar de acuerdo a su madurez evolutiva. Pretendemos que se queden sentados en la mesa  durante un tiempo establecido con modales y comportamientos  de adultos que no corresponden con el carácter juguetón, movedizo e inquieto de un pequeño, o siguiendo horarios rígidos  que no se acoplan a los tiempos en que la criatura siente genuinas ganas de comer.

Tal y como refieren autores como Laura Gutman y Carlos Gonzáles, con frecuencia  alimentamos a los pequeños con papillas o purés porque con ello podemos llevar mayor control de los cubiertos para evitar que ensucien, así como de las dosis que entran en la boca del niño. Nos cuesta mucho admitir que desde muy pequeños los niños, si bien no pueden manipular los cubiertos, sí que  son capaces de comer  por ellos mismos agarrando con las manos un trozo de verdura, de carne o de fruta   o  alimentos en forma de bollos, croquetas, pastelitos, ganado así cierta autonomía que les motiva a comer. En  la medida en que el pequeño siente que es dueño de comer como quiere y que puede jugar mientras lo hace, no ofrecerá resistencia, desarrollará  la capacidad de manipular directamente los alimentos mientras experimenta texturas, olores, colores, sabores y se va preparando mejor para comer sólidos. Para más información podemos indagar a través de la búsqueda sobre alimentación autorregulada o Baby Led Weaning. 

Es más fácil ofrecer dulces y chucherías con el propósito de que el niño nos deje tranquilos cuando estamos agobiados o no nos sentimos disponibles para ofrecer mirada, vínculo y compromiso emocional. Quizás allí se arraiga la causa de que los pequeños pidan  tantas chucherías, siendo que los padres les hemos enseñado a sustituir nuestro afecto y presencia consumiéndolas.

Muchas veces las criaturas encuentran en el momento de comer la única oportunidad para establecer una interacción cercana con su madre o padre, para manifestar el malestar fruto de necesidades legítimas no satisfechas o desoídas, rechazando la comida o haciendo berrinches, a falta de recursos para expresar con palabras lo que sienten.  

Los adultos perdemos de vista que el hábito de que los niños se sienten a comer en la mesa con el resto de la familia se instaura progresivamente sin forzar y sin que nos demos cuenta, en la medida en que ellos van aprendiendo por imitación y por motivación cuando ven y sienten que los adultos disfrutamos del momento de la comida como una experiencia de intercambio agradable. 

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