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domingo, 17 de marzo de 2019

Conflicto de nuestras necesidades con la de los niños



En un territorio emocional, donde solo hay cabida para el deseo de una de las partes, hay violencia. Este concepto de la autora Laura Gutman, me parece uno de los más claros y abarcadores para definir la violencia en todas sus formas, sutiles y concretas. Imaginemos entonces la cantidad de veces que somos violentos con nuestros hijos e hijas sin necesidad de llegar a pegarles, gritarles, amenazarles o insultarles.

Antes de continuar, aclaro que empatizo con el agotamiento de las madres, y padres,  durante la crianza, sobre todo con hijos pequeños, en general más demandantes, con tiempos propios que no condicen con nuestros tiempos ni con nuestras necesidades de descanso y organización y que a menudo nos hace sentir desbordados.

Con la llegada de los hijos nuestra vida da un vuelco. Nos vemos de pronto sumergidos en un nuevo orden con situaciones constantes que ya no podemos manejar plegándolas a nuestro control. Un control que queremos recuperar dominado al niño. Controlando los biorritmos del niño, de sueño y vigilia, de hambre y saciedad, de movimiento y exploración, de expresión emocional, para que se adapte a nuestras  necesidades o deseos,  porque otra cosa nos supone un desgaste enorme. En muchos casos se emprende la búsqueda de especialistas y de información que nos indique qué hacer,  esperando que la solución se dirija a controlar al niño: Qué hago para que el niño cambie y yo pueda recobrar mi equilibrio, mi orden, mis  prioridades, mi deseo… 

Mi hijo no duerme todas las horas seguidas que yo necesito para poder descansar, mi hijo  no come en los horarios, cantidades y con los modales en la mesa que yo necesito para sentirme tranquila... necesito, deseo, quiero hacer otras cosas pero mi hijo insiste en moverse constantemente, no se queda tranquilo, quiere caminar, correr, treparse en todas partes, en la mesa del comedor, en los muebles donde no quiero que se trepe… mi hijo no quiere saludar a los demás cuando yo quiero y del modo en que yo quiero que lo haga, me hace pasar vergüenza,  me hace ver como una madre que educa mal… mi hijo expresa emociones intensas constantemente, llora, grita,  se frustra cuando le niego un deseo y eso me altera… ¿cómo hago para que mi hijo deje de pedirme las cosas llorando, para que deje de gritar, para que no tenga miedo de estar solo, para que no manifieste enojo o disconformidad, para que deje de incomodarme con sus emociones constantes e intensas, para que no me altere a mi, para que se ajuste a mis expectativas de confort y todo regrese de inmediato al orden y al equilibrio que deseo y necesito?.

La respuesta es que no existe un decálogo de tips o recetas. No hay un manual a seguir en cuatro fáciles pasos capaz de ser respetuoso  y atender el problema desde la raíz, porque la raíz del problema no es el niño, es nuestra discapacidad de conectar con el niño real a nuestro cargo, es nuestra imposibilidad de sentirlo y entender que los pedidos de la criatura son legítimos e incuestionables. Que para acompañarlos desde un lugar empático, necesitamos  entender su lógica infantil en lugar de forzar al niño a comprender y ajustarse a nuestra lógica adulta.  Que nuestro deber como adultos maduros, responsables del correcto desarrollo de la salud mental de nuestros hijos, es encontrar los recursos emocionales propios, las competencias parentales necesarias para interpretar adecuadamente, validar, acompañar, permanecer,  satisfacer sus necesidades y ayudar al niño a retornar al equilibrio. No al revés, exigiendo al niño  que se responsabilice de mantenernos a nosotros en calma, reprimiendo  sus pulsiones vitales, inhibiendo la manifestación de sus emociones, de sus necesidades, de sus deseos, porque su esencia de niño protagónicamente emocional, movediza, madurativamente egocéntrica y demandante “nos hace perder el control”.

Que exista un conflicto entre los deseos y las necesidades de los niños y las de sus padres u otros adultos, no significa que los pedidos de los niños sean meros caprichos o manipulaciones. Los niños piden clara, transparente y legítimamente lo que necesitan. Los adultos condicionados, entrenados,  funcionales a las relaciones de poder verticalistas, basadas en el autoritarismo, actuamos por inercia conquistando el deseo y el confort del niño a nuestro favor.   El deseo del más fuerte se impone y no deja espacio para el deseo del más débil.  Los niños  como eslabón más débil de la cadena, siempre devienen en las principales víctimas de violencias sutiles y concretas.

Comprendamos por favor que los niños no son productos fabricados en serie con manual de instrucciones para programar a nuestro antojo.

Los adultos estamos en el momento vital donde nos encontramos aptos para dar,  en el momento madurativo de saber esperar, de autogestionar la satisfacción de nuestros deseos. Los niños se encuentran en el momento vital de recibir, en la etapa madurativa de dependencia en la que les cuesta esperar. Para los niños la espera duele, la soledad asusta, la falta de conexión con un adulto que los  sepa interpretar y satisfaga sus necesidades comporta una experiencia de amenaza a la sobrevivencia que dinamita la construcción de su confianza básica, su autoestima y su autovaloración.

Tampoco se trata de invalidar el agotamiento de las madres, pero la gestión de nuestro cansancio debería  pasar por soluciones respetuosas, maduras,  pensadas a la medida de cada caso,  hasta encontrar salidas que permitan acompasar nuestras necesidades con las de las criaturas, sin negarlas o violentarlas. En este sentido cabe hacer un llamado de consciencia sobre la importancia de  apoyar a las madres, porque su capacidad y disposición de maternar es directamente proporcional al desarrollo de la salud mental de la humanidad, por tanto responsabilidad de todos, seamos  o no padres.



Berna Iskandar @conocemimundo

conocemimundo@gmail.com

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