Por Berna Iskandar – @conocemimundo
Uno de los mayores desencuentros entre adultos y niños gira en torno a una palabra: deber.
Esperamos que desde muy pequeños entiendan que deben recoger sus juguetes, ordenar su habitación, cepillarse los dientes, bañarse, hacer las tareas escolares o preparar sus cosas sin necesidad de que se lo recordemos. Cuando esto no ocurre solemos pensar que son desobedientes, irresponsables o poco colaboradores.
Sin embargo, buena parte de estas expectativas no se corresponde con el ritmo natural del desarrollo infantil.
Esto no significa que los niños no puedan gradualmente aprender hábitos, asumir pequeñas responsabilidades o colaborar en la vida familiar. Significa que la capacidad de actuar guiados por el sentido del deber y la autorregulación se construye progresivamente y necesita tiempo, acompañamiento y maduración.
Comprender este proceso puede transformar la manera en que transmitimos normas y límites.
Durante el desarrollo conviven tres formas de relacionarse con el mundo que se van integrando poco a poco: la búsqueda del placer, el reconocimiento de la realidad y, finalmente, la capacidad de actuar por responsabilidad, incluso cuando algo no resulta agradable. Esta idea, planteada originalmente desde el psicoanálisis, encuentra hoy puntos de relación con lo que sabemos gracias a las neurociencias sobre la maduración cerebral.
El principio del placer
Desde antes del nacimiento nos movemos entre el bienestar y el malestar. El contacto, la alimentación, la seguridad y el afecto producen experiencias placenteras que ayudan al bebé a recuperar el equilibrio cuando aparece el displacer. Se trata de una estategia evolutiva que le permite mantenerse a salvo y desarrollarse.
Durante los primeros años de vida esta búsqueda del bienestar continúa guiando gran parte de la conducta infantil. El juego, el movimiento, la exploración y la curiosidad no son simples entretenimientos: constituyen la forma natural en que los niños aprenden y satisfacen sus necesidades de desarrollo.
Por eso, cuando un adulto dice: "es hora de bañarse", "hay que recoger los juguetes" o "nos tenemos que ir del parque", el niño no suele asumir esas peticiones como aceptables. Desde su lógica madurativa significan, sobre todo, interrumpir una experiencia que le produce placer.
Además, durante esta etapa la frontera entre fantasía y realidad todavía no está claramente definida. Para un niño pequeño muchas cosas son posibles: los animales hablan, los personajes imaginarios existen y el deseo parece no tener límites.
Si comprendemos esta forma de pensar, resulta más fácil entender por qué las estrategias basadas únicamente en órdenes suelen generar resistencia. En cambio, el juego, los cuentos, las canciones, el humor o convertir una tarea cotidiana en una experiencia compartida conectan mucho mejor con la manera en que el niño comprende el mundo.
No se trata de manipularlo para que obedezca, sino de comunicarnos desde el lenguaje que su cerebro está preparado para comprender.
El principio de la realidad
Alrededor de los siete u ocho años comienza a consolidarse una nueva etapa del desarrollo.
Los niños empiezan a distinguir con mayor claridad entre fantasía y realidad. (Hubo un ayer, hay un hoy y habrá un mañana... Santa Claus o el Ratón Perez no pueden estar en tantas partes a la vez, etc.) Comprenden que existen límites, horarios, normas y consecuencias. Poco a poco aceptan que no pueden permanecer todo el día jugando porque hay que ir a la escuela, o que determinadas actividades deben realizarse aunque no sean sus favoritas.
Este avance representa un enorme salto madurativo.
Sin embargo, comprender una norma no significa tener completamente desarrollada la capacidad para cumplirla siempre por iniciativa propia.
Todavía necesitan recordatorios, acompañamiento y adultos que les ayuden a organizarse y regularse. Esperar que un niño de ocho o diez años mantenga de forma constante el mismo nivel de responsabilidad que un adulto sigue siendo una expectativa poco ajustada a su desarrollo.
¿Y el sentido del deber?
La capacidad de actuar por responsabilidad, incluso cuando algo no resulta agradable o apetecible, depende en gran medida del desarrollo de las funciones ejecutivas del cerebro: la planificación, el control de los impulsos, la organización, la memoria de trabajo y la capacidad para anticipar consecuencias.
Hoy sabemos que estas funciones continúan madurando durante toda la adolescencia y no alcanzan un desarrollo pleno hasta la juventud temprana.
Por eso muchos adolescentes entienden perfectamente lo que deberían hacer y, aun así, les cuesta sostener hábitos, organizar su tiempo o priorizar obligaciones sobre deseos inmediatos.
No es una cuestión de inteligencia. Tampoco significa que no deban asumir responsabilidades. Significa que siguen necesitando guía, estructura y acompañamiento mientras esas capacidades terminan de consolidarse.
Como adultos solemos recordar el momento o período de nuestra vida en que empezamos a asumir plenamente nuestras obligaciones: trabajar, administrar nuestro dinero, cuidar de nuestra casa o responsabilizarnos de nuestras decisiones sin depender de que alguien estuviera detrás insistiendo constantemente.
Para la mayoría de las personas este proceso coincide con la entrada en la vida adulta y la adquisición progresiva de autonomía.
Cuando un niño ha tenido que asumir responsabilidades propias de un adulto —como cuidar habitualmente de sus hermanos, hacerse cargo del hogar o contribuir al sustento económico de la familia— no estamos ante una muestra de madurez precoz, sino, con frecuencia, ante una adaptación impuesta por circunstancias difíciles. Que un niño pueda hacerlo no significa que estuviera preparado para ello.
Educar con expectativas realistas
Comprender cómo madura el cerebro infantil no implica renunciar a los límites ni dejar de enseñar hábitos y responsabilidades. Implica ajustar nuestras expectativas.
Los niños necesitan normas claras, rutinas consistentes y oportunidades para colaborar. Pero también necesitan adultos que comprendan que la autorregulación no aparece por arte de magia ni puede exigirse antes de tiempo.
Educar consiste precisamente en ofrecer el apoyo necesario hasta que esas capacidades puedan sostenerse por sí mismas.
Cuando dejamos de interpretar muchas conductas infantiles como falta de voluntad y empezamos a entenderlas como parte del desarrollo, cambia nuestra manera de acompañar. Los límites dejan de ser una lucha constante para convertirse en una oportunidad de aprendizaje.
Al fin y al cabo, el objetivo de la crianza no es conseguir niños obedientes, sino formar adultos capaces de equilibrar el placer, la realidad y el sentido de la responsabilidad de una manera saludable.
Berna Iskandar @conocemimundo
