CRIANZA EN CULTURA DE PAZ

Conocer , comprender y respetar cada etapa evolutiva y necesidades legítimas de los niños y adolescentes. Reconectar con lo mejor de nosotros mismos. Transitar hacia el lindo horizonte de un mundo más humanizado.

martes, 2 de junio de 2026

¿Estamos parentificando a nuestros hijos?



Hay prácticas que surgen como conductas de sobrevivencia, se reafirman sobre creencias limitantes de lo que podemos o debemos esperar de los niños y de las niñas y se reflejan en las dinámicas de interacciones cotidianas que pueden comprometer el sano desarrollo infantil. Para detenerlas hay que empezar por reconocerlas, prevenirlas y si fuera el caso,  reparar los daño causados a las criaturas que dependen de nuestros cuidados.

En esta oportunidad quiero referirme a dos conceptos que quizás ya hayas escuchado mencionar alguna vez: La inversión de roles y la parentificación. Ambos están muy relacionados pero con matices que hacen una diferencia.  



¿Qué es la inversión de roles y qué es la parentificación?

Aunque muchas personas usan ambos términos como sinónimos, no significan exactamente lo mismo.

La inversión de roles es un proceso de alteración de funciones que ocurre cuando un niño ocupa un lugar que corresponde a un adulto dentro de la familia.

La parentificación es un proceso disfuncional específico de inversión de roles en la que el niño asume de manera habitual responsabilidades propias de su padre o de su madre.

Ambas dinámicas pueden presentarse de forma instrumental o emocional.

La forma instrumental se relaciona con niños o niñas  que se ocupan del cuidado de hermanos, de tareas domésticas que exceden las posibilidades para su momento madurativo o de responsabilidades propias de un adulto que no son intercambiables con las del niño o niña.

La forma emocional sucede cuando el niño o la niña se convierte en el apoyo emocional de uno o ambos progenitores escuchando sus problemas, convirtiéndose en la fuente de consuelo, en mediador de conflictos de los adultos a cargo o cuando siente que debe cuidar del bienestar de sus padres o cuidadores.

Algunos ejemplos de estas dinámicas se pueden observar en  niños que sienten que deben proteger emocionalmente al padre o la madre tras una separación. Niñas que cuidas cada día de sus hermanos pequeños mientras los adultos se desentienden. Adolescentes a los que les corresponde tomar decisiones familiares que deberían asumir los adultos. Hijos que sienten que no pueden expresar su tristeza porque deben ser "el fuerte" de la familia.


La inversión de roles o parentificación puede suceder por deseo o imposición del adulto quien delega de forma explícita y regularmente responsabilidades que no corresponden a los niños a su cargo. También puede ocurrir por inercia o de forma adaptativa dentro de la dinámica relacional. Cuando un niño o niña percibe la necesidad de adoptar el lugar de un adulto que debería ser el responsable,  para compensar la carencia o aliviarle la carga en aras de conseguir que la familia funcione.


Que los niños colaboren no es lo mismo que asuman responsabilidades de un adulto

Es importante aclarar que pedir a un niño o una niña que participe en la vida familiar no constituye, por sí mismo, una inversión de roles o una parentificación.

Colaborar con tareas acordes a la edad, como ordenar sus juguetes, poner la mesa, recoger su habitación o ayudar ocasionalmente en pequeñas tareas del hogar, favorece el desarrollo de la autonomía, la responsabilidad y el sentido de pertenencia a la familia.

La diferencia aparece cuando esa colaboración deja de ser proporcional a sus capacidades y necesidades evolutivas. Cuando el niño asume responsabilidades que corresponden a los adultos, cuando la carga es excesiva, permanente o indispensable para que la familia funcione, o cuando siente que el bienestar físico o emocional de los demás depende de él. En ese momento deja de tratarse de una participación saludable y comienza una inversión de roles.

Cuando estas dinámicas son persistentes pueden llegar a afectar en distintos grados y formas el sano desarrollo de los menores. 


En primer lugar les impide ser niños o niñas quitándoles el tiempo y las oportunidades de jugar y descansar para dedicarlos a asumir responsabilidades y carga mental o emocional que no les corresponde. 


La sobre exigencia de los padres provoca un estado de alerta constante, con el resultado de  ansiedad y estrés excesivos  que pueden llegar a acumularse y constituirse en trauma. 


El sentimiento de culpa persistente también es una de las posibles consecuencias emocionales para los niños envueltos en esta dinámica relaciónal con sus progenitores al sentir que fallan por no poder cumplir con las exigencias desmedidas de su entorno de cuidado. 


La capacidad de poner límites sanos frente a exigencias y necesidades que entran en conflicto con las propias, incluso frente a conductas maltratantes, se puede ver erosionada. 


La dificultad para pedir ayuda es otra posible consecuencia, debido a que el niño o niña puede internalizar la narrativa de que debe ser absolutamente autosuficiente y por tanto sentir que molesta o pierde valía cuando necesita ayuda o depende de alguien más.


El agotamiento constante y la fatiga que supone cuidar de los demás cuando está en un momento madurativo en que necesita ser quien recibe protección y cuidados.



¿Por qué puede ocurrir en cualquier familia?

La inversión de roles y la parentificación pueden aparecer en cualquier familia, independientemente de su nivel educativo, económico o cultural. No son consecuencia exclusiva de la falta de afecto ni de malas intenciones.

Con frecuencia surgen como estrategias de adaptación frente a circunstancias difíciles. Padres o madres que crecieron siendo parentificados pueden reproducir este patrón sin ser plenamente conscientes. También pueden aparecer cuando existen enfermedades físicas o mentales, discapacidad, adicciones, conflictos de pareja, duelos, separaciones, dificultades económicas, ausencia de redes de apoyo o cualquier situación que sobrepase la capacidad de los adultos para sostener sus funciones parentales.

Comprender cómo se originan estas dinámicas no significa justificarlas. Significa reconocerlas para poder prevenirlas y ofrecer alternativas que protejan el desarrollo infantil.


Las crisis prolongadas aumentan el riesgo

Las emergencias humanitarias, los conflictos armados, los desplazamientos forzados o las crisis económicas prolongadas incrementan el riesgo de inversión de roles y parentificación.

Cuando los adultos deben concentrar su energía en garantizar la supervivencia, conseguir alimentos, medicinas, transporte o ingresos, es frecuente que, de forma consciente o inconsciente, deleguen en los hijos responsabilidades que exceden su etapa de desarrollo.

Precisamente porque las familias atraviesan enormes dificultades, resulta aún más importante fortalecer las redes de apoyo y recordar que los derechos de la infancia no desaparecen durante las crisis; por el contrario, necesitan una protección aún mayor.


Proteger el derecho de los niños a seguir siendo niños

Los niños y las niñas pueden ser solidarios, responsables y colaboradores sin dejar de ser niños.

La verdadera responsabilidad de los adultos consiste en crear las condiciones para que puedan jugar, aprender, equivocarse, descansar, expresar sus emociones y desarrollarse sin cargar con responsabilidades que pertenecen al mundo adulto.

Detectar la inversión de roles o la parentificación no busca generar culpa en las familias, sino favorecer la toma de conciencia. Muchas de estas dinámicas nacen del amor, de la necesidad o de la supervivencia, pero aun así pueden dejar huellas importantes si se mantienen en el tiempo.

Criar sin violencia no significa únicamente proscribir gritos y golpes, también supone  permitir a la infancia recorrer cada etapa de su desarrollo con el acompañamiento, la seguridad y el cuidado que necesita, sin forzar ni retrasar los hitos de madurez. Asegurarnos de que los niños sigan siendo niños no es un privilegio, es su derecho y a la vez  una responsabilidad de todos los adultos que los rodeamos.




Berna Iskandar @conocemimundo



domingo, 3 de mayo de 2026

Nuestros hijos y el sentido del deber



Por Berna Iskandar – @conocemimundo


Uno de los mayores desencuentros entre adultos y niños gira en torno a una palabra: deber.

 

Esperamos que desde muy pequeños entiendan que deben recoger sus juguetes, ordenar su habitación, cepillarse los dientes, bañarse, hacer las tareas escolares o preparar sus cosas sin necesidad de que se lo recordemos. Cuando esto no ocurre solemos pensar que son desobedientes, irresponsables o poco colaboradores.

 

Sin embargo, buena parte de estas expectativas no se corresponde con el ritmo natural del desarrollo infantil.

 

Esto no significa que los niños no puedan gradualmente aprender hábitos, asumir pequeñas responsabilidades o colaborar en la vida familiar. Significa que la capacidad de actuar guiados por el sentido del deber y la autorregulación se construye progresivamente y necesita tiempo, acompañamiento y maduración.

 

Comprender este proceso puede transformar la manera en que transmitimos normas y límites.

 

Durante el desarrollo conviven tres formas de relacionarse con el mundo que se van integrando poco a poco: la búsqueda del placer, el reconocimiento de la realidad y, finalmente, la capacidad de actuar por responsabilidad, incluso cuando algo no resulta agradable. Esta idea, planteada originalmente desde el psicoanálisis, encuentra hoy puntos de relación con lo que sabemos gracias a las neurociencias sobre la maduración cerebral.

 

El principio del placer

 

Desde antes del nacimiento nos movemos entre el bienestar y el malestar. El contacto, la alimentación, la seguridad y el afecto producen experiencias placenteras que ayudan al bebé a recuperar el equilibrio cuando aparece el displacer. Se trata de una estategia evolutiva que le permite mantenerse a salvo y desarrollarse.

 

Durante los primeros años de vida esta búsqueda del bienestar continúa guiando gran parte de la conducta infantil. El juego, el movimiento, la exploración y la curiosidad no son simples entretenimientos: constituyen la forma natural en que los niños aprenden y satisfacen sus necesidades de desarrollo. 

 

Por eso, cuando un adulto dice: "es hora de bañarse", "hay que recoger los juguetes" o "nos tenemos que ir del parque", el niño no suele asumir esas peticiones como aceptables. Desde su lógica madurativa significan, sobre todo, interrumpir una experiencia que le produce placer. 

 

Además, durante esta etapa la frontera entre fantasía y realidad todavía no está claramente definida. Para un niño pequeño muchas cosas son posibles: los animales hablan, los personajes imaginarios existen y el deseo parece no tener límites.

 

Si comprendemos esta forma de pensar, resulta más fácil entender por qué las estrategias basadas únicamente en órdenes suelen generar resistencia. En cambio, el juego, los cuentos, las canciones, el humor o convertir una tarea cotidiana en una experiencia compartida conectan mucho mejor con la manera en que el niño comprende el mundo.

 

No se trata de manipularlo para que obedezca, sino de comunicarnos desde el lenguaje que su cerebro está preparado para comprender.

 

El principio de la realidad

 

Alrededor de los siete u ocho años comienza a consolidarse una nueva etapa del desarrollo.

 

Los niños empiezan a distinguir con mayor claridad entre fantasía y realidad. (Hubo un ayer, hay un hoy y habrá un mañana... Santa Claus o el Ratón Perez no pueden estar en tantas partes a la vez, etc.) Comprenden que existen límites, horarios, normas y consecuencias. Poco a poco aceptan que no pueden permanecer todo el día jugando porque hay que ir a la escuela, o que determinadas actividades deben realizarse aunque no sean sus favoritas.

 

Este avance representa un enorme salto madurativo.

 

Sin embargo, comprender una norma no significa tener completamente desarrollada la capacidad para cumplirla siempre por iniciativa propia.

 

Todavía necesitan recordatorios, acompañamiento y adultos que les ayuden a organizarse y regularse. Esperar que un niño de ocho o diez años mantenga de forma constante el mismo nivel de responsabilidad que un adulto sigue siendo una expectativa poco ajustada a su desarrollo.

 

¿Y el sentido del deber?

 

La capacidad de actuar por responsabilidad, incluso cuando algo no resulta agradable o apetecible, depende en gran medida del desarrollo de las funciones ejecutivas del cerebro: la planificación, el control de los impulsos, la organización, la memoria de trabajo y la capacidad para anticipar consecuencias.

 

Hoy sabemos que estas funciones continúan madurando durante toda la adolescencia y no alcanzan un desarrollo pleno hasta la juventud temprana.

 

Por eso muchos adolescentes entienden perfectamente lo que deberían hacer y, aun así, les cuesta sostener hábitos, organizar su tiempo o priorizar obligaciones sobre deseos inmediatos.

 

No es una cuestión de inteligencia. Tampoco significa que no deban asumir responsabilidades. Significa que siguen necesitando guía, estructura y acompañamiento mientras esas capacidades terminan de consolidarse.

 

Como adultos solemos recordar el momento o período de nuestra vida en que empezamos a asumir plenamente nuestras obligaciones: trabajar, administrar nuestro dinero, cuidar de nuestra casa o responsabilizarnos de nuestras decisiones sin depender de que alguien estuviera detrás insistiendo constantemente.

 

Para la mayoría de las personas este proceso coincide con la entrada en la vida adulta y la adquisición progresiva de autonomía.

 

Cuando un niño ha tenido que asumir responsabilidades propias de un adulto —como cuidar habitualmente de sus hermanos, hacerse cargo del hogar o contribuir al sustento económico de la familia— no estamos ante una muestra de madurez precoz, sino, con frecuencia, ante una adaptación impuesta por circunstancias difíciles. Que un niño pueda hacerlo no significa que estuviera preparado para ello.

 

Educar con expectativas realistas

 

Comprender cómo madura el cerebro infantil no implica renunciar a los límites ni dejar de enseñar hábitos y responsabilidades. Implica ajustar nuestras expectativas.

 

Los niños necesitan normas claras, rutinas consistentes y oportunidades para colaborar. Pero también necesitan adultos que comprendan que la autorregulación no aparece por arte de magia ni puede exigirse antes de tiempo.

 

Educar consiste precisamente en ofrecer el apoyo necesario hasta que esas capacidades puedan sostenerse por sí mismas.

 

Cuando dejamos de interpretar muchas conductas infantiles como falta de voluntad y empezamos a entenderlas como parte del desarrollo, cambia nuestra manera de acompañar. Los límites dejan de ser una lucha constante para convertirse en una oportunidad de aprendizaje.


Al fin y al cabo, el objetivo de la crianza no es conseguir niños obedientes, sino formar adultos capaces de equilibrar el placer, la realidad y el sentido de la responsabilidad de una manera saludable.



Berna Iskandar @conocemimundo

domingo, 22 de marzo de 2026

La lentitud humaniza

 


La lentitud humaniza

Por Berna Iskandar @conocemimundo

“Lentitud es belleza", dice un verso de Blanca Varela que me remite a ver cómo la vida precisa ser algo distinto a esta carrera loca desde la cuna a la tumba en la que andamos todos atrapados.

Obviamente  existen momentos que requieren velocidad, pero si evaluamos bien, la urgencia real, esa que compromete la integridad física o la vida y requiere atención rápida,  es excepcional. Sin embargo en la vida moderna que tiene más de moderna que de vida, como dice Mafalda, casi siempre andamos corriendo como si todo fuera una emergencia, sin tiempo para vivir cada experiencia en armonía con el ritmo natural y propio que requiere. Sin tiempo para comer, amar, criar, jugar con calma… para permanecer con otros seres humanos, con nosotros mismos o simplemente no hacer nada. 

La velocidad se ha vuelto una adicción muy extendida de la que cuesta mucho desengancharse. Vivimos dominados por la presión, alejados de nuestros biorritmos, haciendo cosas sin parar para sentirnos más productivos y competitivos. Hay tanto que hacer y consumir  que el tiempo no alcanza, debemos acelerar la marcha. Considero que hemos llegado al punto en el que lo realmente imprescindible y urgente es hacer pausas reflexivas y preguntarnos qué tanto de lo que nos mantiene corriendo es realmente imprescindible o urgente. 

Nuestros abuelos o bisabuelos vivían con menos cosas, consumían menos y tenían tiempo para vivir despacio. En nuestras sociedades actuales la lentitud se penaliza, desespera, nos hace sentir culpables, perdedores.  “Es lento”, se increpa para descalificar a la gente que no hace mil cosas al día, que no se auto explota, que no vende soluciones instantáneas, que no llega primero... En nuestra civilización del culto a la velocidad, ir lentamente equivale a ser incapaces, flojos o perdedores.  

Tan rápido vamos que no hemos visto el modo en que nos hemos perdido de nosotros mismos, de nuestra sabiduría innata. 

Para encontrar el camino de regreso debemos mirar a los niños. Ellos todavía en muchos casos siguen alineados con la sabiduría del cuerpo y del bienestar original humano. Persisten en ello aunque comenzamos a apurarlos incluso antes de nacer interfiriendo con los tiempos de gestación y acelerando los nacimientos con intervenciones médicas: ¿cuántas madres pueden decir que sus bebés han nacido a las cuarenta semanas de gestación y no antes?. Luego de nacer seguimos apurándolos, metiéndoles prisa para que coman, duerman y jueguen solos, dejen el pañal, vayan a la escuela, se porten como adultos. 

Bajo la presión de pautas externas, hemos desconectado con nuestras propias señales, necesidades, pasiones, deseos… Ya ni siquiera reconocemos las propias señales de hambre en nuestro cuerpo porque llevamos toda la vida comiendo a la hora que nos marcan desde el exterior, al ritmo rápido y sin tiempo para disfrutar conscientemente de lo que comemos hasta sentirnos saciados. No tenemos tiempo para sentir, porque hay mucho que hacer, hay que desconectarse del cuerpo y de las emociones para volvernos productivos y activos al “ritmo eficiente” que exige la competitividad de nuestra civilización de consumo. Construimos agendas repletas de quehaceres, objetivos, metas y hay que correr para darnos abasto. Obviamente los niños también quedan atrapados bajo la presión de nuestra velocidad.  A ellos también les imponemos  agendas tan o más exigentes que las nuestras y los empujamos a correr todo el día tras nosotros. Les robamos el tiempo, la calma, la libertad, les atropellamos la infancia con tanta velocidad.   

Hemos perdido el balance,  precisamos ahora resignificar la lentitud, devolverle la importancia que tiene en nuestras vidas. La lentitud es bella porque es nutritiva y nos abre las puertas al bienestar, nos humaniza. Necesitamos lentitud para que las señales aparezcan – a su ritmo– de adentro hacia fuera o viceversa, y estemos atentos a percibirlas conscientemente. Necesitamos lentitud para conectar con el cuerpo, para escucharnos, para escuchar a nuestros hijos, para respetar los ritmos naturales de la infancia, para que los niños y niñas logren sentir sus propias señales de hambre y entonces comer, para sentir sus propias señales de cansancio y descansar, sus necesidades de movimiento, de juego libre y satisfacerlas con mayor congruencia con su propia persona. Lentitud para que emerja su curiosidad y su pasión por aprender, para desplegar su creatividad.  Lentitud para apropiarse y saborear la autorregulación de sus biorritmos, el control de sus cuerpos, mantenerse conscientes de su sabiduría pulsional que será la que los guíe hacia donde necesiten ir y cómo deben cuidarse para vivir una buena vida. Hace falta lentitud, tiempo y calma para que surja en los niños las ganas, el deseo, la pasión, el fuego interior que mantiene el brillo en sus miradas, las ganas de ser, de vivir. 

¿Quién se detiene a preguntar hacia dónde corremos con tanta prisa? ¿para qué? ¿para llegar a dónde, exactamente? ¿Hemos dimensionado el impacto de nuestro ritmo acelerado sobre las necesidades de los niños y sus biorritmos naturales?, ¿estamos conscientes de cómo nuestras carreras diarias conllevan a un conflicto constante con los tiempos naturales de la crianza?, ¿nos damos cuenta  de nuestra desconexión con sus necesidades, del abandono, la soledad, la saturación de exigencias y demandas inviables e irrespetuosas que generamos a las criaturas? Date prisa, a levantarte, date prisa a vestirte, date prisa a comer, date prisa que hay que salir para el trabajo, para la escuela, para la práctica de fútbol, las clases de danza, date prisa, apúrate, corre, corre… ¿hemos sacado la cuenta de todas las veces que decimos cada día a nuestros hijos “date prisa”, “apúrate”… de cuántas veces interrumpimos sus necesidades para que se plieguen a nuestro ritmo de vida desenfrenado?, ¿dónde dejamos el espacio y el tiempo para nutrir el vínculo, para compenetrarnos, para conocernos mejor, para criar con calma, para amar con calma?... ¿somos capaces de bajar la velocidad para conectar y acompasarnos con nuestros pequeños?, ¿en qué momento permitimos que la necesidad de vivir a toda prisa se hiciera más importante que el amor que sentimos por ellos?... 

Dicen los Maestros tibetanos que para bajar la velocidad hay que saltar de la mente al corazón, ese espacio donde siempre están los niños. 

Al escuchar nuestro cuerpo ganamos sabiduría. 

Vale la pena que pares varias veces cada día, respires y tomes consciencia de la velocidad arrolladora que llevas. Responsabilízate por establecer prioridades, ponle límites a las presiones externas, observa las que ya has internalizado y te impones como propias cuando no lo son. Haz cambios concretos que se manifiesten en acciones precisas aunque sean pequeñas.  Ama despacio, come despacio, muévete despacio, cría despacio todo lo que puedas… Comienza poco a poco, sin prisas, pero comienza.   

 Berna Iskandar @conocemimundo

domingo, 23 de noviembre de 2025

El ambiente de crianza

 


No fue hasta la extinción masiva de los dinosaurios que los mamíferos pudieron salir de sus madrigueras y desplegar todo su potencial, hasta evolucionar en lo que hoy somos: Homo sapiens sapiens.


Cuando un individuo vive en un entorno donde no necesita invertir tanta energía en protegerse, tiene el camino despejado para desarrollarse y evolucionar.


Los bebés llegan al mundo con su cerebro abierto a configurarse según el ambiente que los recibe.


Si ese ambiente es más hostil, deberán invertir más energía en mecanismos defensivos para sobrevivir.


Si es más amable, podrán dedicar esa energía a crecer, aprender y vincularse.


La calidad —o el déficit— de los cuidados maternantes constituye el primer ambiente que experimenta un bebé. La madre es, literalmente, su hábitat inicial.


Cuando ese hábitat provee de forma consistente y oportuna lo que el bebé necesita, su desarrollo fluye con calma. 


Esto favorece la construcción de patrones de apego seguro y aumenta las probabilidades de un desarrollo mental, emocional, cognitivo y físico saludable.


Cuando esto no ocurre, el bebé experimenta el ambiente como hostil y debe activar defensas para protegerse. Así se configuran patrones de apego inseguro o, en los casos más graves, apego desorganizado, asociado a futuras dificultades psicológicas importantes.


Por eso sostener la salud mental de la mujer que materna —y su relación con el bebé— no es un lujo: es una prioridad para cualquier sociedad que aspire a un desarrollo humano realmente sostenible.


¿Cómo acercarnos a los ambientes de crianza con cero estrés innecesario? ¿Qué nos falta? ¿Qué nos sobra? ¿Qué cambios por pequeños que parezcan podemos hacer en beneficio de crianzas más amables?



Te leo


Berna Iskandar

lunes, 29 de septiembre de 2025

Hacia un cambio de actitud frente a la vejez




Juventud y belleza se yerguen como valores supremos en nuestra sociedad actual. Casi todos hemos experimentado o manifestado rechazo ante el aspecto físico y estético de la vejez, así como miedo de llegar a esta etapa de la vida. En el pasado se aceptaba, respetaba e incluso se veneraba a los viejos, porque eran ellos quienes trasmitían la sabiduría, la experiencia y la historia. Hoy, la aversión a la vejez está presente en los adultos, jóvenes, niños y hasta en los propios representantes de la estigmatizada tercera edad, a la cual todos, en el fondo queremos llegar, porque de lo contrario moriríamos temprano. 



¡¿Viejo yo?!


Con frecuencia se pueden observar síntomas de repudio a la vejez, tales como ocultar la verdadera edad, someterse a transgresivas cirugías para estirarse el rostro o hacerse llamar por los nietos con el nombre de pila en lugar de abuelo o abuela. Es común oír expresiones que nacen como consecuencia del prejuicio que acompaña a la palabra viejo. Se usa viejo o vieja en calidad de insulto o como un sinónimo de discapacitado, majaderoachacoso. Sin embargo, si nos fijamos bien, encontraremos innumerables ejemplos de personas mayores que viven o han vivido su vejez de forma más activa y lúcida que muchos jóvenes o adultos. Recordemos la cantidad de mujeres y hombres científicos, artistas, escritores o destacados empresarios que han sido o siguen siendo brillantes y creativos hasta edades avanzadas. 


El fenómeno inverso ocurre con la palabra joven frecuentemente asociada con alegría, salud, y productividad. Incluso a un viejo se le dice que “parece joven” cuando goza de estas características, pero la realidad nos enseña, con innumerables ejemplos, que existen jóvenes con muy mala salud y viejos con una salud envidiable, que hay jóvenes tozudos o amargados y viejos que son el alma de las fiestas, que no es raro encontrarse con viejos inmaduros y jóvenes maduros o con jóvenes reposados y viejos sumamente activos. Si observamos con cuidado notaremos que en la mayoría de los casos, las características en cada persona tienden a mantenerse a lo largo de la vida y son condiciones que no están necesariamente vinculadas a la edad sino al individuo. 


Según la Doctora Raiza Guerra, Médica Psiquiatra y fundadora de la organización Después De La Adultez, decir que un viejo es joven o que un joven es viejo no pasa de ser un contrasentido. “Sobre la edad hay una sola cosa cierta: sólo es joven quien tiene pocos años y viejo quien tiene muchos”, agrega la Dra. Guerra. La edad por tanto no es un sentimiento ni una actitud. Es un hecho biológico del que nadie puede escaparse. 


 Reivindicar la tercera edad


Las actitudes de rechazo al envejecimiento casi siempre son aprendidas. Debemos trabajar de forma preventiva con niños y jóvenes para que no crezcan con miedo a la vejez.   


Por lo regular cuando encaramos el panorama de la vejez asumimos los aspectos negativos que vienen con ella negándonos la oportunidad de prepararnos para disfrutar de las ventajas que también trae consigo. 


Hay muchas razones para creer que nos conviene reivindicar la tercera edad. En la vejez se puede tener un rico acervo de experiencia vital y profesional, por tanto de eones para seguir ofreciendo a la sociedad. También, según sea el caso mayor, madures y libertad, lo cual puede facilitar una vida más disfrutable. 


Cuando se logra madurar, además de envejecer, se puede gozar de una actitud más clara, segura y serena ante la vida. 


El acercamiento entre los jóvenes y las personas mayores es una increíble oportunidad para desarrollar el respeto y el aprendizaje mutuo entre ambas generaciones. 


Estas y muchas otras ventajas son tesoros en potencia listos para ser aprovechados en nuestra tercera edad o en la de nuestros familiares, compañeros de trabajo y amigos. La forma en que entendamos y recibamos la vejez propia y ajena en gran medida permitirá que la vivamos con dignidad, inclusión y disfrute o la convirtamos en un factor de exclusión social y mayor vulnerabilidad. 


Nuestro rechazo y negación de la vejez promueve la exclusión laboral, social, económica, familiar de un grupo etario al que todos inevitablemente llegaremos , si cumplimos con el promedio de expectativa de vida de nuestra civilización actual.