CRIANZA EN CULTURA DE PAZ

Conocer , comprender y respetar cada etapa evolutiva y necesidades legítimas de los niños y adolescentes. Reconectar con lo mejor de nosotros mismos. Transitar hacia el lindo horizonte de un mundo más humanizado.
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domingo, 26 de agosto de 2018

Los niños y la consciencia de sí mismos



Solo los seres humanos, entre otros primates “superiores”, alcanzan a cierta edad el estadio evolutivo que les permite la consciencia de saberse individuos, la consciencia de otredad (saberse otro distinto al entorno, objetos y demás individuos que los rodean) En el caso de los seres humanos este hito se produce en torno a los dos años cuando se acelera la mielinización (interconexiones) del neocortex (cerebro racional) y las criaturas de forma incipiente y progresiva van adquiriendo funciones racionales como el habla y otras capacidades cognitivas. 
Antes de que esto suceda la experiencia de los niños es fusional. Física, emocional y cognitivamente son una extensión de la madre o figura maternante, no se perciben separados, distintos. 

Para determinar el momento o período en que los primates superiores, incluido el humano, establecen la transición, algunos científicos usan la prueba del espejo (Gordon Gallup, 1970) que consiste en  pintar un círculo de color en la frente de  la criatura y ponerla delante de un espejo. Cuando  ante su reflejo se da cuenta de que tiene una mancha de pintura y se la toca (se reconoce), muestra evidencias de haber alcanzado dicha consciencia. En los humanos, como expliqué, esto sucede alrededor de los dos años. Se trata de un cambio importante que entraña un antes y un después en la experiencia vital de los niños y que se traduce en comportamientos típicos de consciencia de separación y afirmación de su individualidad, oponiéndose a los adultos con los famosos noes, el “mío mío mío”, “yo yo yo”, los berrinches, etc., de los muy mal llamados terribles dos/tres años y que deberían valorarse como la etapa del maravilloso y potente despertar que marca el umbral de sus primeros pasos hacia el prolongado y lento camino al establecimiento de la autonomía. 

La manera en que acompañemos esta experiencia marcará la diferencia entre interferir o facilitar un desarrollo sano de la salud mental de las criaturas. 



Berna Iskandar @conocemimundo
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jueves, 3 de septiembre de 2015

Algunos rasgos evolutivos de 0 a 7 años





Insisto siempre en que para criar sin violencia debemos conocer la naturaleza de los distintos períodos evolutivos de los niños. La mayoría de las veces las interferencias en el vínculo con los niños se producen porque el adulto no tiene perspectivas realistas acerca de lo que puede o no esperar según sea la etapa madurativa de la criatura.
No haría falta documentarse demasiado, ni realizar una especialización en psicología infantil para hacerse una idea fehaciente sobre el asunto. En cambio, con observar al niño, seguir las pistas que nos va dando, bastaría para comprender cuándo se encuentra preparado o no para asumir una determinada función, capacidad, o ha logrado ya determinado momento de madurez emocional o cognitiva. Acertaríamos si confiáramos en la capacidad de autorregularse de las criaturas, en lugar de empujarlas, forzarlas para que respondan a lo que desde nuestras lagunas, creencias y mitologías adultocentristas pensamos que es lo correcto (decidimos unilateralmente cuándo es el momento de que duerman en solitario, o de dejar los pañales, o de que sigan o entiendan una regla…).
Como andamos desconectados y orientados por patrones o mandatos externos alejados de la realidad del mundo infantil (y esto pasa no sólo con criadores y educadores, sino también con profesionales sanitarios como pediatras, psicólogos, etc.) se hace necesario formarnos acerca de la real naturaleza y necesidades -sobre todo psicoafectivas- de los peques.
En este orden de ideas, hoy comparto algunos aspectos sobre la franja de 0 a 7 años (primera infancia) que pueden servir de referencia para comprenderlos mejor. Esta información la he recogido a lo largo del tiempo a través de distintas investigaciones, lecturas, consultas a especialistas y fuentes que menciono a menudo en mis divulgaciones, tales como: Yolanda González (autora de Amar sin miedo a malcriar), Rosa Jové (autora de La Crianza Feliz y Todo es posible), el pediatra Carlos González (autor de Bésame Mucho), Laura Gutman (autora de Crianza, violencias invisibles y adicciones) entre otros…
Durante este período (0 a 7) se construye la personalidad y el carácter con lo cual -como bien insiste la psicóloga Yolanda González- es fundamental crear buenos cimientos para prevenir comportamientos, síntomas y trastornos en etapas posteriores. Para ello es fundamental basarnos en expectativas realistas, como he dicho antes, y ofrecer a los niños un vínculo segurizante y respetuoso.
Yolanda González subdivide la primera infancia en dos franjas: de 0 a 3 y de 4 a 7
De 0 a 3:
  • Es una etapa en la que la criatura es muy dependiente de los cuidados y la interacción de un adulto a su cargo para sobrevivir y desarrollarse.
  • Son fusionales. Nadan en las mismas aguas emocionales con la figura principal de apego o maternante (lo que siente la madre lo siente el bebé y viceversa), no comprenden que son seres distintos a mamá o papá, hasta los 2 años cuando comienzan a dar los primeros pasos hacia el largo y progresivo camino hacia la autonomía (caminar, hablar, comer solos) durante el cual ocurre paralelamente el desprendimiento natural de la fusión emocional.
  • Es una etapa marcada por la emoción. La racionalización y la lógica aún no han madurado. El niño necesita vivir progresivamente las experiencias para incorporar referentes (no sabe lo que es el día y la noche, ir a trabajar, que el vidrio se rompe y el plástico no). Captan las emociones de los padres, el gesto, la intención del discurso (comunicación emocional). Algunos autores como Francoise Dolto y Laura Gutman recomiendan hablar a los niños desde que nacen, aun cuando no comprendan el lenguaje verbal. Palabrearles constantemente y poner palabras a lo que sucede a su alrededor para ayudarles a construir o elaborar la experiencia.
  • Son psicocorporales. Se expresan con el cuerpo, siendo que aún no han desarrollado el lenguaje verbal. Esto explica a menudo, porqué descargan golpes o mordiscos para manifestarse.
  • El instinto de exploración es muy fuerte. Necesitan comprender cómo funciona el mundo nuevo que están conociendo. No han desarrollado la noción de regla, ni pueden mantenerlas (no tocar el enchufe, no tocar los adornos, no hurgar gavetas). La intervención del adulto debe enfocarse a proveer un entorno seguro para que el niño pueda explorar (tapar los enchufes, quitar los adornos, poner seguros en las gavetas).
  • Es la etapa de la emoción, el juego, la fantasía. El mejor lenguaje para establecer una comunicación activa es por tanto motivarles a través de estos recursos (contar un cuento, inventarse un juego, animar objetos, cantarles su canción favorita para vestirse o bañarse, etc.). Los adultos necesitamos conectar con el niño interior para volvernos creativos, juguetones y establecer empatía.
  • Fuerte necesidad de interacción y conexión, de ser acompañados constantemente por una figura de apego primaria o adulto significativo que sepa interpretar y cubrir sus necesidades en continuum. Necesidad de sentirse mirados, escuchados, interpretados. Ayuda para poner palabras e identificar lo que sienten.
  • Conexión espacio temporal inmediata con la experiencia. Viven en el presente. No entienden bien el concepto de ayer y de mañana. No han desarrollado la noción de reversibilidad, ni de permanencia del objeto (si mamá desaparece de su campo o contacto visual, no saben que aún está o que va a regresar, por eso se angustian y lloran). No han desarrollado la noción de fronteras de la propiedad, su impulso de explorar les lleva a tomar los objetos y asumirlos como propios.
  • Las funciones fisiológicas como el sueño, control de la regulación esfinteriana (orinar, defecar) aún están en proceso de maduración. Hasta los 5 años son normales los despertares nocturnos frecuentes y que necesiten dormir con la madre o con los padres (colecho) para sentir seguridad. Desde los 18 meses hasta los 5 años es normal que aún requieran usar pañales. Forzarlos o apresurarlos supone violentar los tiempos de maduración de la criatura.
  • Durante los tres primeros años de vida se desarrollan sistemas importantes y circuitos bioquímicos del cerebro superior encargados de gestionar la respuesta emocional y el aprendizaje (alrededor del 80% del desarrollo cerebral ocurre durante esta etapa). El sano desarrollo del cerebro en formación se modula a partir de la interacción de un adulto cuidador capaz de ofrecer presencia segurizante, de interpretar y satisfacer de inmediato las necesidades de la criatura sin permitir que se frustre o estrese. Los bebés se estresan fácilmente porque son muy dependientes para sobrevivir. El estrés genera la activación de mecanismos del sistema nervioso y de hormonas que sabotean su sano desarrollo cerebral.
  • A partir de los 2 a 3 años desarrollan progresivamente el lenguaje, la noción de reglas, y la capacidad de mantenerlas. Los adultos cuidadores debemos estar dispuestos a repetirlas con paciencia cuantas veces que sea necesario, sin forzar.
  • Alrededor de los 2 años, ocurren cambios psicológicos importantes. Proceso de afirmación de la individualidad, noción de otredad, desprendimiento natural del puerperio o fusión emocional. Desde alrededor de los 2 hasta los 5 años, son normales los llamados berrinches. Bien comprendidas y atendidas, estas explosiones del carácter quedarán atrás cuando llegue la madurez evolutiva que permitirá al niño gestionarlas con nuevos recursos emocionales y cognitivos. La intervención del adulto debe enfocarse en acompañar y contener a la criatura sin violencia y con paciencia. Se desaconseja ignorar, reprimir, inhibir.
De 4 a 6 años
  • Papá y mamá todo lo pueden, todo lo arreglan (omnipotencia parental). Por eso se desesperan o no comprenden cuando papá o mamá no pueden arreglar un juguete roto, etc.
  • Dominan mejor el leguaje y comienzan a estar mejor preparados para razonar, dialogar, negociar, seguir reglas.
  • El lenguaje sigue siendo el de las emociones, la fantasía, el juego.
  • Desarrollan la necesidad biológica de socializar, siempre volviendo a la base segura para reabastecerse. Desarrollo de noción de permanencia del objeto, reversibilidad (ya saben que si papá o mamá se van, aunque no les guste la idea, van a regresar).
  • Continúa el foco sobre el cuerpo siendo una etapa en el que se produce más rápidamente y en mayor porcentaje el desarrollo psicomotriz, sistema inmunitario, etc.

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martes, 25 de agosto de 2015

Lidiar con los entornos anti-niños




Cuando escucho decir que un hijo no cambiará el orden de la casa, que los adornos se quedan en su sitio, que tiene que aprender que NO SE TOCA…,     recuerdo la frase de la psicopediatra y autora Rosa Jové: “si pensamos que un hijo no nos va a cambiar la vida, es mejor comprarse un periquito.”

¿Nos hemos planteado alguna vez, porqué en lugar de forzar al niño para adaptarlo a nuestras exigencias y expectativas adultas, mejor adaptamos el entorno  y nuestras expectativas a las particulares necesidades del momento evolutivo que recorre nuestro hijo? Podríamos poner la casa “modo niño”. A fin de cuentas se trata de una transición. Las criaturas crecen pronto y llegarán los tiempos para organizarnos en “modo adulto”. Mientras tanto, como dice Miguelito, el amigo Mafalda, ¿de que les sirve ser niños si no les dejamos ejercer?

Los adultos queremos que se queden quietos, pero es necesario que entendamos que los niños son naturalmente movedizos, exploradores, juguetones. Que dichos rasgos evolutivos son inherentes a la infancia y a la vez esenciales para desplegar un sano desarrollo. Por tanto es nuestra obligación proveer entornos adecuados y amables para ejercitar estas necesidades fundamentales de las criaturas.  

En nuestro mundo predomina justamente lo contrario: espacios anti-niños. Nos hemos organizado en función de la comodidad adulta y de las prioridades que establecemos los adultos. El orden del sistema, de la arquitectura, de la cultura, los ritmos, los horarios, las costumbres... de modo hegemónico, apuntan a satisfacer prioridades según un criterio adultocentrista. Esto lo podemos observar en pequeños detalles como la disposición de los tomacorrientes al alcance de los bebés, quienes pueden fácilmente introducir cualquier objeto quedando en grave riesgo su seguridad. Preguntemos porqué no se nos ha ocurrido empotrarlos a una altura  mayor que no constituya riesgo para un bebé que gatea o comienza a camina. Porqué elegimos restringir el movimiento de los chiquitines confinándolos en un corral.   

Cuando vamos a un restaurante o de visita a casa de otros nos encontramos con un escenario aún más limitado, con lo cual les exigimos sistemáticamente que permanezcan tranquilos,  sentados y actúen como adultos. No nos damos cuenta de que hemos convertido los espacios que habitamos en un enorme obstáculo para el despliegue de infancias saludables, felices y para el disfrute de padres relajados con sus  hijos pequeños.

Sobre todo durante los tres primeros años de vida las criaturas van impulsadas por la curiosidad innata y un deseo de exploración activo.  Decir que algo no se toca a un niño menor de dos años, comporta una instrucción compleja que no puede comprender, ni pueden mantener porque aún no ha desarrollado las funciones cognitivas para ello. Tampoco es ético, ni es digno para su integridad como persona castigar, pegar o amenazar, en el afán de intentar que detenga la conducta. De manera que es imprescindible garantizarles un entorno seguro. Si no queremos que rompa los adornos, los quitamos.  Si no queremos que abra las gavetas, les ponemos un seguro o dejamos cosas que sí pueda manipular. Si no queremos que meta objetos en el tomacorriente, los tapamos. Para un niño pequeño tampoco existe el concepto de irreversibilidad (algo se daña para siempre cuando se cae y se rompe, etc.) A esas edades todo puede ser un objeto de exploración que llama su atención y que por impulso va a querer agarrar, por tanto la criatura no puede asimilar que hay cosas que no son para jugar por más que se lo digas. Su necesidad de explorar es más fuerte.  Si no queremos que dañe objetos de valor, pongamos objetos que pueda manipular o romper sin que suponga un problema (en lugar de dejar revistas nuevas, poner las viejas u otros objetos que sí pueda manipular y dañar) Lo que sí que es cierto, es que el niño necesita hacer estas cosas porque es la manera en que desarrolla habilidades al tiempo de que aprende cómo funciona el mundo que le rodea. 

Cuando vamos a lugares donde no disponemos de entornos amables podemos anticiparnos (llevar sus juguetes favoritos, alguna actividad que le guste para mantenerlo ocupado). Mostrar empatía validando su emoción (entiendo que deseas mucho ese objeto, me encantaría complacerte pero no puedo por...) Ofrecer alternativas más atractivas e inesperadas, apelando a gestos teatrales que llamen su atención para distraerlo e inducirlo a que olvide la frustración cuando no queremos que agarre o haga algo (¡Wow! ¡mira esa muñeca que bella es !!!) Sin perder de vista que no es justo para las criaturas mantenerlas tanto tiempo reprimidas impidiendo que satisfagan sus necesidades naturales de movimiento y exploración. En ese caso somos los adultos los que debemos limitar nuestra autocomplacencia a favor de las necesidades del niño, haciendo visitas breves u optando por otros lugares donde estar más cómodos con los niños. Llegará el momento en que crecerán y entenderán las reglas, y perderán interés por los adornos de la casa.

Si acompañamos respetuosamente y no creamos interferencias a través de intervenciones represivas o exigencias desmedidas, llegará la edad (alrededor de seis a siete años) en que los niños desarrollan la madurez y las herramientas para adaptarse mejor o por más tiempo a las exigencias adultas. Aunque nunca debemos perder de vista que aún siguen siendo niños y que merecen  lugares amables donde ejercer su infancia a plenitud.



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