"...hay que soñar en voz alta, hay que cantar hasta que el canto eche raíces, tronco, ramas, pájaros, astros..." Octavio Paz. El Cántaro Roto.

CRIANZA EN CULTURA DE PAZ

Conocer , comprender y respetar cada etapa evolutiva y necesidades legítimas de los niños y adolescentes. Reconectar con lo mejor de nosotros mismos. Transitar hacia el lindo horizonte de un mundo más humanizado.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Dos grandes vías de crianza




En conferencia dictada durante jornadas científicas del parto y la crianza en Cataluña, la psicopediatra y autora  Rosa Jové, explicó algo de suma importancia que quiero compartir con ustedes. Ella habló de que  la naturaleza tiene dos grandes vías de crianza según sea la especie del reino animal. En primer lugar se refirió a las especies precociales, consideradas -tal y como el nombre lo refiere- precoces, es decir “aquellas en las que las crías son capaces de ver, oír, ponerse en pie, y de realizar las demás funciones propias del individuo adulto, desde prácticamente al nacer. Por tanto, éstas especies requieren menores cuidados maternales y son capaces de unirse a las actividades de los individuos adultos en pocos días” [1] entre ellas  se encuentran, por ejemplo, el caballo, los periquitos, los peces, etc.  

En segundo lugar están las especies altriciales “que nacen inmaduras, con una movilidad muy limitada. Su organismo debe madurar después del nacimiento para alcanzar las características del individuo adulto y requiere de un largo proceso de aprendizaje”[2]  Entre los altriciales están nuestros primos los monos, y por supuesto nosotros los humanos, que también somos primates, mamíferos, muy sofisticados, pero lo somos,  con lo cual  se establece que necesitamos los tiempos más prolongados de cuidados maternos de toda la especie animal. ¿Y por qué?, justamente porque somos sofisticados, somos los más inteligentes de toda la especie y a mayor inteligencia, más tiempo de cuidados maternales necesita la cría  humana hasta lograr la  autonomía suficiente que  alcanzará cuando sea un individuo adulto.

Para explicarlo, la doctora Jové con un toque de humor, narraba un ejemplo muy gráfico. Decía que en las piscifactorías se dejan los huevos de truchas con el alimento suficiente y al cabo de dos meses aparecen unas truchas muy guapas. Pero, si intentamos hacer lo mismo con niños recién nacidos en una habitación, poniéndoles comida por ahí,  al cabo de dos meses no encontraríamos a nadie.  La psicopediatra española después de narrar el ejemplo insistía en que nos quedara a todos muy claro -especialmente a la hora de considerar decisiones  que atañen el interés  de los niños- que los seres humanos somos altriciales y no precociales, es decir, necesitamos del cuidado  de los otros para vivir,  y advertía a aquellos que aún piensan o esperan  que tener hijos no les va a cambiar la vida, aquellos que pretenden hacer el mínimo esfuerzo de adaptación a las altas demandas que requiere una cría humana altricial, dependiente durante muchos años para desarrollarse,  que mejor se compren un periquito. La paternidad y la maternidad, subrayaba Jové,  “no es un derecho de los padres, es ante todo un deber, porque se juega con una vida humana, con la psicología infantil.”  Somos altriciales y necesitamos dedicar mucho tiempo de inversión parental durante el prolongado y lento proceso de adquisición de autonomía que discurre a lo largo de la infancia y de la adolescencia hasta llegar a la adultez. 
La manera en que atendemos a nuestras crías construye y define su salud física y emocional presente y futura. Las hace más o menos aptas para integrarse consciente y respetuosamente en la sociedad y en el planeta. Por esta razón es acuciante revisar el tipo  y la calidad de crianza que damos a nuestros niños. Nunca será igual criarlos de una manera que de otra. Pretender que los niños pequeños duerman solos sin molestar, que no pidan que los carguen, que sean independientes a los dos años, dejarlos  todo el día  en una guardería o preescolar depositados por docenas en un aula, con horarios institucionalizados prácticamente iguales o más exigentes que los horarios laborales de un adulto, entregar veinte niños al cuidado de dos personas, ciertamente no es la crianza que como especie necesitamos. Al menos no para construir un mundo más humanizado, más ecológico, sustentable, con menos cárceles y hospitales. Cuando se trata de seres humanos, como dice mi colega periodista y mamá bloguera, Ileana Medina, “criar es estar”. 
 

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