CRIANZA EN CULTURA DE PAZ

Conocer , comprender y respetar cada etapa evolutiva y necesidades legítimas de los niños y adolescentes. Reconectar con lo mejor de nosotros mismos. Transitar hacia el lindo horizonte de un mundo más humanizado.

domingo, 22 de marzo de 2026

La lentitud humaniza

 


La lentitud humaniza

Por Berna Iskandar @conocemimundo

“Lentitud es belleza", dice un verso de Blanca Varela que me remite a ver cómo la vida precisa ser algo distinto a esta carrera loca desde la cuna a la tumba en la que andamos todos atrapados.

Obviamente  existen momentos que requieren velocidad, pero si evaluamos bien, la urgencia real, esa que compromete la integridad física o la vida y requiere atención rápida,  es excepcional. Sin embargo en la vida moderna que tiene más de moderna que de vida, como dice Mafalda, casi siempre andamos corriendo como si todo fuera una emergencia, sin tiempo para vivir cada experiencia en armonía con el ritmo natural y propio que requiere. Sin tiempo para comer, amar, criar, jugar con calma… para permanecer con otros seres humanos, con nosotros mismos o simplemente no hacer nada. 

La velocidad se ha vuelto una adicción muy extendida de la que cuesta mucho desengancharse. Vivimos dominados por la presión, alejados de nuestros biorritmos, haciendo cosas sin parar para sentirnos más productivos y competitivos. Hay tanto que hacer y consumir  que el tiempo no alcanza, debemos acelerar la marcha. Considero que hemos llegado al punto en el que lo realmente imprescindible y urgente es hacer pausas reflexivas y preguntarnos qué tanto de lo que nos mantiene corriendo es realmente imprescindible o urgente. 

Nuestros abuelos o bisabuelos vivían con menos cosas, consumían menos y tenían tiempo para vivir despacio. En nuestras sociedades actuales la lentitud se penaliza, desespera, nos hace sentir culpables, perdedores.  “Es lento”, se increpa para descalificar a la gente que no hace mil cosas al día, que no se auto explota, que no vende soluciones instantáneas, que no llega primero... En nuestra civilización del culto a la velocidad, ir lentamente equivale a ser incapaces, flojos o perdedores.  

Tan rápido vamos que no hemos visto el modo en que nos hemos perdido de nosotros mismos, de nuestra sabiduría innata. 

Para encontrar el camino de regreso debemos mirar a los niños. Ellos todavía en muchos casos siguen alineados con la sabiduría del cuerpo y del bienestar original humano. Persisten en ello aunque comenzamos a apurarlos incluso antes de nacer interfiriendo con los tiempos de gestación y acelerando los nacimientos con intervenciones médicas: ¿cuántas madres pueden decir que sus bebés han nacido a las cuarenta semanas de gestación y no antes?. Luego de nacer seguimos apurándolos, metiéndoles prisa para que coman, duerman y jueguen solos, dejen el pañal, vayan a la escuela, se porten como adultos. 

Bajo la presión de pautas externas, hemos desconectado con nuestras propias señales, necesidades, pasiones, deseos… Ya ni siquiera reconocemos las propias señales de hambre en nuestro cuerpo porque llevamos toda la vida comiendo a la hora que nos marcan desde el exterior, al ritmo rápido y sin tiempo para disfrutar conscientemente de lo que comemos hasta sentirnos saciados. No tenemos tiempo para sentir, porque hay mucho que hacer, hay que desconectarse del cuerpo y de las emociones para volvernos productivos y activos al “ritmo eficiente” que exige la competitividad de nuestra civilización de consumo. Construimos agendas repletas de quehaceres, objetivos, metas y hay que correr para darnos abasto. Obviamente los niños también quedan atrapados bajo la presión de nuestra velocidad.  A ellos también les imponemos  agendas tan o más exigentes que las nuestras y los empujamos a correr todo el día tras nosotros. Les robamos el tiempo, la calma, la libertad, les atropellamos la infancia con tanta velocidad.   

Hemos perdido el balance,  precisamos ahora resignificar la lentitud, devolverle la importancia que tiene en nuestras vidas. La lentitud es bella porque es nutritiva y nos abre las puertas al bienestar, nos humaniza. Necesitamos lentitud para que las señales aparezcan – a su ritmo– de adentro hacia fuera o viceversa, y estemos atentos a percibirlas conscientemente. Necesitamos lentitud para conectar con el cuerpo, para escucharnos, para escuchar a nuestros hijos, para respetar los ritmos naturales de la infancia, para que los niños y niñas logren sentir sus propias señales de hambre y entonces comer, para sentir sus propias señales de cansancio y descansar, sus necesidades de movimiento, de juego libre y satisfacerlas con mayor congruencia con su propia persona. Lentitud para que emerja su curiosidad y su pasión por aprender, para desplegar su creatividad.  Lentitud para apropiarse y saborear la autorregulación de sus biorritmos, el control de sus cuerpos, mantenerse conscientes de su sabiduría pulsional que será la que los guíe hacia donde necesiten ir y cómo deben cuidarse para vivir una buena vida. Hace falta lentitud, tiempo y calma para que surja en los niños las ganas, el deseo, la pasión, el fuego interior que mantiene el brillo en sus miradas, las ganas de ser, de vivir. 

¿Quién se detiene a preguntar hacia dónde corremos con tanta prisa? ¿para qué? ¿para llegar a dónde, exactamente? ¿Hemos dimensionado el impacto de nuestro ritmo acelerado sobre las necesidades de los niños y sus biorritmos naturales?, ¿estamos conscientes de cómo nuestras carreras diarias conllevan a un conflicto constante con los tiempos naturales de la crianza?, ¿nos damos cuenta  de nuestra desconexión con sus necesidades, del abandono, la soledad, la saturación de exigencias y demandas inviables e irrespetuosas que generamos a las criaturas? Date prisa, a levantarte, date prisa a vestirte, date prisa a comer, date prisa que hay que salir para el trabajo, para la escuela, para la práctica de fútbol, las clases de danza, date prisa, apúrate, corre, corre… ¿hemos sacado la cuenta de todas las veces que decimos cada día a nuestros hijos “date prisa”, “apúrate”… de cuántas veces interrumpimos sus necesidades para que se plieguen a nuestro ritmo de vida desenfrenado?, ¿dónde dejamos el espacio y el tiempo para nutrir el vínculo, para compenetrarnos, para conocernos mejor, para criar con calma, para amar con calma?... ¿somos capaces de bajar la velocidad para conectar y acompasarnos con nuestros pequeños?, ¿en qué momento permitimos que la necesidad de vivir a toda prisa se hiciera más importante que el amor que sentimos por ellos?... 

Dicen los Maestros tibetanos que para bajar la velocidad hay que saltar de la mente al corazón, ese espacio donde siempre están los niños. 

Al escuchar nuestro cuerpo ganamos sabiduría. 

Vale la pena que pares varias veces cada día, respires y tomes consciencia de la velocidad arrolladora que llevas. Responsabilízate por establecer prioridades, ponle límites a las presiones externas, observas las que ya has internalizado y te impones como propias cuando no lo son. Haz cambios concretos que se manifiesten en acciones precisas aunque sean pequeñas.  Ama despacio, come despacio, cría despacio todo lo que puedas… Comienza poco a poco, sin prisas, pero comienza.   

 Berna Iskandar @conocemimundo