"...hay que soñar en voz alta, hay que cantar hasta que el canto eche raíces, tronco, ramas, pájaros, astros..." Octavio Paz. El Cántaro Roto.

CRIANZA EN CULTURA DE PAZ

Conocer , comprender y respetar cada etapa evolutiva y necesidades legítimas de los niños y adolescentes. Reconectar con lo mejor de nosotros mismos. Transitar hacia el lindo horizonte de un mundo más humanizado.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

¿Adaptación escolar o pesadilla infantil?

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 ¿En qué momento se nos congeló el alma, para llegar a sentir como algo normal el llanto y los gritos desgarrados de un niño separado de sus padres durante una adaptación preescolar irrespetuosa...? Si se supone que las guarderías y preescolares están pensados para satisfacer las necesidades infantiles ¿por qué los niños tendrían que llorar y sufrir para adaptarse?

Comienzan las clases y brotan como epidemia las experiencias sufrientes de criaturas exigidas a plegarse a normas de instituciones que no toman en cuenta sus reales necesidades psicoafectivas.  He escuchado a mamás describir  las aulas de clase como pasillos de terror, con niños llorando y gritando desconsolados por ser arrancados de la presencia segurizante de sus padres o figuras de apego primaria, en procesos carentes de una transición amable y respetuosa que les permita familiarizarse con el nuevo entorno hasta quedarse sin miedo a ser abandonados. Normalizar algo así habla de una civilización muy enferma que luego, además,  se queja de la violencia escolar sin darse cuenta de que, desde el punto de vista del niño, estas son las primeras vivencias de dicho flagelo.

En paralelo leo y escucho a gente que con la mejor intención pretende bajar la angustia de los progenitores ofreciendo paños calientes, recetas que no solucionan el problema de raíz, porque no atienden la causa: la necesidad acuciante de implementación de un sistema de integración con los tiempos y la presencia necesaria de un familiar o cuidador significativo en la institución, hasta que la criatura se quede segura, tranquila y sin llorar...  Por otra parte, como flores en mayo, surgen excusas  en el intento de resignarnos ante el hecho de que nada puede cambiar: que si el horario laboral no permite a los padres quedarse a acompañar a los niños en el aula o la guardería, que si tu hijo se queda llorando vete tranquila que a fin de cuenta eres la madre y habrás elegido lo que es mejor para él o ella, que si hay que comprender al personal docente porque no se da abasto o no tiene referentes sobre períodos de integración escolar idóneos, que si mejor baja la angustia porque a fin de cuentas resulta imposible enfrentarse a los mandatos de la escuela... Excusas o paños calientes que no sacan al niño de la situación de trauma y sólo sirven para perpetuar la sistematización del abuso infantil. Los niños dependen de nosotros para exigir que sus derechos sean respetados. Cuando nos paralizamos, resignamos y respondemos por inercia, nos volvemos cancerberos de un orden social patológico, y a los pequeños no les queda otro remedio que sobreadaptarse.

He dicho muchas veces que procedemos de crianzas donde se nos inhibió y reprimió sistemáticamente al punto de que nos convertimos en adultos que reaccionamos desde el miedo y la indefensión aprendida. Nos cuesta entrar en contacto con nuestro poder personal, asumir que la transformación es posible y que está en nuestras manos, que podemos apropiarnos de las soluciones, que somos cada uno de nosotros quienes hacemos y por tanto cambiamos el sistema. Nos han hecho creer que el mundo no puede cambiarse y es mentira.

Los padres podemos y debemos oponernos a las decisiones escolares que comportan sufrimiento y violación a la integridad de nuestros niños y niñas. Nuestro deber es reaccionar con tolerancia cero hacia la sistematización del abuso infantil. Los niños no tienen que sufrir para adaptarse a la escuela. Hay formas amables de permitir la integración. Como adultos responsables estamos en la obligación de formarnos, informarnos, unirnos, organizarnos para luchar y exigir los cambios en el sistema educativo que favorezcan el sano desarrollo de los niños a nuestro cargo. Una buena educación nunca puede ser enemiga de la felicidad.

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