Hay prácticas que surgen como conductas de sobrevivencia, se reafirman sobre creencias limitantes de lo que podemos o debemos esperar de los niños y de las niñas y se reflejan en las dinámicas de interacciones cotidianas que pueden comprometer el sano desarrollo infantil. Para detenerlas hay que empezar por reconocerlas, prevenirlas y si fuera el caso, reparar los daño causados a las criaturas que dependen de nuestros cuidados.
En esta oportunidad quiero referirme a dos conceptos que quizás ya hayas escuchado mencionar alguna vez: La inversión de roles y la parentificación. Ambos están muy relacionados pero con matices que hacen una diferencia.
¿Qué es la inversión de roles y qué es la parentificación?
Aunque muchas personas usan ambos términos como sinónimos, no significan exactamente lo mismo.
La inversión de roles es un proceso de alteración de funciones que ocurre cuando un niño ocupa un lugar que corresponde a un adulto dentro de la familia.
La parentificación es un proceso disfuncional específico de inversión de roles en la que el niño asume de manera habitual responsabilidades propias de su padre o de su madre.
Ambas dinámicas pueden presentarse de forma instrumental o emocional.
La forma instrumental se relaciona con niños o niñas que se ocupan del cuidado de hermanos, de tareas domésticas que exceden las posibilidades para su momento madurativo o de responsabilidades propias de un adulto que no son intercambiables con las del niño o niña.
La forma emocional sucede cuando el niño o la niña se convierte en el apoyo emocional de uno o ambos progenitores escuchando sus problemas, convirtiéndose en la fuente de consuelo, en mediador de conflictos de los adultos a cargo o cuando siente que debe cuidar del bienestar de sus padres o cuidadores.
Algunos ejemplos de estas dinámicas se pueden observar en niños que sienten que deben proteger emocionalmente al padre o la madre tras una separación. Niñas que cuidas cada día de sus hermanos pequeños mientras los adultos se desentienden. Adolescentes a los que les corresponde tomar decisiones familiares que deberían asumir los adultos. Hijos que sienten que no pueden expresar su tristeza porque deben ser "el fuerte" de la familia.
La inversión de roles o parentificación puede suceder por deseo o imposición del adulto quien delega de forma explícita y regularmente responsabilidades que no corresponden a los niños a su cargo. También puede ocurrir por inercia o de forma adaptativa dentro de la dinámica relacional. Cuando un niño o niña percibe la necesidad de adoptar el lugar de un adulto que debería ser el responsable, para compensar la carencia o aliviarle la carga en aras de conseguir que la familia funcione.
Que los niños colaboren no es lo mismo que asuman responsabilidades de un adulto
Es importante aclarar que pedir a un niño o una niña que participe en la vida familiar no constituye, por sí mismo, una inversión de roles o una parentificación.
Colaborar con tareas acordes a la edad, como ordenar sus juguetes, poner la mesa, recoger su habitación o ayudar ocasionalmente en pequeñas tareas del hogar, favorece el desarrollo de la autonomía, la responsabilidad y el sentido de pertenencia a la familia.
La diferencia aparece cuando esa colaboración deja de ser proporcional a sus capacidades y necesidades evolutivas. Cuando el niño asume responsabilidades que corresponden a los adultos, cuando la carga es excesiva, permanente o indispensable para que la familia funcione, o cuando siente que el bienestar físico o emocional de los demás depende de él. En ese momento deja de tratarse de una participación saludable y comienza una inversión de roles.
Cuando estas dinámicas son persistentes pueden llegar a afectar en distintos grados y formas el sano desarrollo de los menores.
En primer lugar les impide ser niños o niñas quitándoles el tiempo y las oportunidades de jugar y descansar para dedicarlos a asumir responsabilidades y carga mental o emocional que no les corresponde.
La sobre exigencia de los padres provoca un estado de alerta constante, con el resultado de ansiedad y estrés excesivos que pueden llegar a acumularse y constituirse en trauma.
El sentimiento de culpa persistente también es una de las posibles consecuencias emocionales para los niños envueltos en esta dinámica relaciónal con sus progenitores al sentir que fallan por no poder cumplir con las exigencias desmedidas de su entorno de cuidado.
La capacidad de poner límites sanos frente a exigencias y necesidades que entran en conflicto con las propias, incluso frente a conductas maltratantes, se puede ver erosionada.
La dificultad para pedir ayuda es otra posible consecuencia, debido a que el niño o niña puede internalizar la narrativa de que debe ser absolutamente autosuficiente y por tanto sentir que molesta o pierde valía cuando necesita ayuda o depende de alguien más.
El agotamiento constante y la fatiga que supone cuidar de los demás cuando está en un momento madurativo en que necesita ser quien recibe protección y cuidados.
¿Por qué puede ocurrir en cualquier familia?
La inversión de roles y la parentificación pueden aparecer en cualquier familia, independientemente de su nivel educativo, económico o cultural. No son consecuencia exclusiva de la falta de afecto ni de malas intenciones.
Con frecuencia surgen como estrategias de adaptación frente a circunstancias difíciles. Padres o madres que crecieron siendo parentificados pueden reproducir este patrón sin ser plenamente conscientes. También pueden aparecer cuando existen enfermedades físicas o mentales, discapacidad, adicciones, conflictos de pareja, duelos, separaciones, dificultades económicas, ausencia de redes de apoyo o cualquier situación que sobrepase la capacidad de los adultos para sostener sus funciones parentales.
Comprender cómo se originan estas dinámicas no significa justificarlas. Significa reconocerlas para poder prevenirlas y ofrecer alternativas que protejan el desarrollo infantil.
Las crisis prolongadas aumentan el riesgo
Las emergencias humanitarias, los conflictos armados, los desplazamientos forzados o las crisis económicas prolongadas incrementan el riesgo de inversión de roles y parentificación.
Cuando los adultos deben concentrar su energía en garantizar la supervivencia, conseguir alimentos, medicinas, transporte o ingresos, es frecuente que, de forma consciente o inconsciente, deleguen en los hijos responsabilidades que exceden su etapa de desarrollo.
Precisamente porque las familias atraviesan enormes dificultades, resulta aún más importante fortalecer las redes de apoyo y recordar que los derechos de la infancia no desaparecen durante las crisis; por el contrario, necesitan una protección aún mayor.
Proteger el derecho de los niños a seguir siendo niños
Los niños y las niñas pueden ser solidarios, responsables y colaboradores sin dejar de ser niños.
La verdadera responsabilidad de los adultos consiste en crear las condiciones para que puedan jugar, aprender, equivocarse, descansar, expresar sus emociones y desarrollarse sin cargar con responsabilidades que pertenecen al mundo adulto.
Detectar la inversión de roles o la parentificación no busca generar culpa en las familias, sino favorecer la toma de conciencia. Muchas de estas dinámicas nacen del amor, de la necesidad o de la supervivencia, pero aun así pueden dejar huellas importantes si se mantienen en el tiempo.
Criar sin violencia no significa únicamente proscribir gritos y golpes, también supone permitir a la infancia recorrer cada etapa de su desarrollo con el acompañamiento, la seguridad y el cuidado que necesita, sin forzar ni retrasar los hitos de madurez. Asegurarnos de que los niños sigan siendo niños no es un privilegio, es su derecho y a la vez una responsabilidad de todos los adultos que los rodeamos.
Berna Iskandar @conocemimundo
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