CRIANZA EN CULTURA DE PAZ

Conocer , comprender y respetar cada etapa evolutiva y necesidades legítimas de los niños y adolescentes. Reconectar con lo mejor de nosotros mismos. Transitar hacia el lindo horizonte de un mundo más humanizado.
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lunes, 22 de julio de 2019

La Mentira Infantil



• Los niños pueden mentir para protegerse o proteger a su familia, para ser leales a sus padres, por miedo al castigo, para conseguir algo que necesitan o desean y que posiblemente no ha sido escuchado, tomado en cuenta o satisfecho oportunamente.

• La vivencia de ser acusado de mentir puede ser devastadora para un niño. En lugar de juzgarlo de mentiroso, precisamos comprender las razones que subyacen tras su necesidad de encubrir la verdad.

• Según la real academia de la lengua, mentira es al expresión o manifestación de contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente. Aunque un niño, alrededor de los 5 años, alcanza ciertas condiciones que le permiten discernir un poco la diferencia, todavía la frontera entre lo real y lo fantástico se desdibuja con facilidad, con lo cual pudiera no comprender muy bien que está mintiendo. No tiene la misma lógica que un niño mayor de 7 años o que un adulto para interpretar la experiencia sin distorsiones o sin hacer cambios involuntarios sobre lo que percibe. Ejemplo: un niño puede pensar que es capaz de volar como su superhéroe favorito o que Santa y los Reyes existen. Una niña de tres años que rompe sin querer algo, en principio ante el miedo a ser castigada puede decirle a su mamá que lo hizo su muñeca y en algún momento llegar a creerlo.

• Cuando los niños mienten en lugar de juzgarlos o acusarlos severamente y generar represalias, la intervención saludable consiste en: Comprender las motivaciones que lo han llevado a mentir; Repensar la influencia de nuestra interacción, los grados de exigencia, el estilo parental basado en la coacción que infunde miedo; Observar nuestra relación con las mentiras, nuestro ejemplo modélico; Acompañar a nuestros hijos a afrontar su responsabilidad con respeto, empatía, permanencia, compromiso emocional de nuestra parte y sin represalias.

• Las mentiras, los secretos, la información que se oculta intencionalmente en las familias, circulan entrelazadamente con el miedo, la culpa, la coacción, la manipulación, el negacionismo, la lucha de poder, el abuso y los mecanismos de sobrevivencia. -

• La transparencia y la autenticidad se desarrollan entrelazadamente con el amor incondicional, la empatía, la escucha respetuosa, la conexión e intimidad emocional, el clima de confianza en nuestro ecosistema familiar, indispensables para regular relaciones paritarias, no violentas, para la construcción de salud mental, inteligencia emocional, capacidad cognitiva y de percepción coherente con la realidad.
 

Berna Iskandar 

@conocemimundo

conocemimundo@gmail.com




jueves, 21 de junio de 2018

Conoce Mi Mundo de 0 a 7 años




Durante la primera infancia se están consolidando muchos hitos madurativos importantes, como la noción de propiedad. Un niño menor de tres años no sabe que los objetos pertenecen a unos o a otros. Todo lo que se encuentra “le pertenece” y lo quiere explorar. No ha adquirido la noción de permanencia del objeto. Esto se traduce en que cuando una persona desaparece de su ámbito de percepción sensorial, no puede imaginarse que está en otra parte. Por eso sufre ansiedad de separación al perder de vista a la madre. No puede sostener una regla, o sostener la compleja noción del no, porque no ha integrado relación espacio temporal (pasado, presente y futuro). Siempre está en el presente. No puede mantener una instrucción compleja como no tocar el enchufe ahora, mañana y siempre. 

Durante la primera infancia se percibe muy difusamente la frontera entre realidad y fantasía. Todo lo antes explicado conduce a que la forma de comunicación activa con los niños pequeños sea el juego, la creatividad, la fantasía, la distracción y la anticipación. Usando el juego, la fantasía, la creatividad podemos lograr que los niños pequeños cooperen. En lugar de ordenarles que se bañen, los llevamos con cuentos, o juegos a la ducha o la bañera. Si no queremos que agarren algo los distraemos con otra cosa o nos anticipamos para que no la vea. Animamos objetos para motivarlos a vestirse, cepillarse los dientes, etc. A partir de los tres a cuatro años progresivamente comienzan a entender mejor la noción de reglas y de permanencia objetal. Entonces podemos introducir el recurso de los acuerdos y la negociación.

En la primera infancia se consolida el control de esfínteres. Hasta los cinco años, y no a los dos años, como cree la mayoría, el noventa por ciento de los niños logra dejar pañales. La madurez del sistema nervioso que permite alcanzar una arquitectura de sueño parecida a la de los adultos y regular mejor los despertares nocturnos frecuentes ocurre en torno a los seis años. La madurez del sistema inmunológico sucede en la primera infancia. Por eso, entre otras, enferman tanto al ir a los preescolares. Necesitamos tener expectativas realistas para educar sin maltratar. 

Berna Iskandar




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miércoles, 4 de marzo de 2015

Los chiquitines hablan con su cuerpo


Durante los encuentros con criadores y educadores en talleres, conferencias  y espacios de divulgación e intercambio,  surge  mucho la inquietud de madres y padres de niños pequeños (alrededor del año a los 4 años de edad) sobre comportamientos valorados como indeseables e inapropiados. Dichos progenitores manifiestan su temor de que este tipo de conducta constituya un riesgo para el correcto desarrollo en el proceso de socialización de las criaturas deviniendo a la larga en sujetos antisociales e inadaptados. Aún cuando se trata de conductas típicas de niños pequeños, los padres no las vinculamos con rasgos evolutivos que dejarán atrás por autorregulación, es decir, toda vez que el pequeño haya alcanzado la madurez suficiente para expresarse o conducirse con recursos más elaborados.
A continuación algunos  ejemplos de las inquietudes frecuentemente manifestadas por los padres:
  • Cuando mi nena de 16 meses se enoja, y lo hace porque no se le da lo que ella quiere, lanza lo que tiene a su alcance, comida juguetes, lo que sea y hasta llega a golpearme. ¿Qué hacer?
  • Mi bebé de 1 año y 10 meses frecuentemente me hace actos de agresividad. Rompe o tira las cosas con el objetivo de calmar sentimientos ocasionados por llamados de atención y no sé que hacer ante este comportamiento.
  • Yo le hablo a mi hijo de 2 años y me quiere hasta pegar, es de carácter muy fuerte. Me dicen que debo controlarlo con una nalgada a tiempo o luego nos pesará.
  • Tengo un bebé de 2 años que pega y muerde. Ya  me han citado varias veces en el preescolar y no sé que hacer para corregir su conducta.
A menudo los adultos sin saberlo o sin darnos cuenta creamos interferencias porque actuamos desde expectativas falsas sobre lo que podemos o no esperar de un niño según las características de su momento madurativo. Desconocemos por ejemplo que los niños a esas edades son básicamente emocionales (no han desarrollado el habla ni la infraestructura cerebral para percibir, gestionar o expresar las experiencias de un modo más racional). No tienen la experiencia necesaria ni la noción del antes o después, están siempre aquí y ahora, pasan de una emoción a otra (de la rabia con llanto a la euforia con risas) de un segundo a otro, rápidamente. Son psico-corporales, todas su emociones desde la rabia, frustración, hasta la alegría y la euforia, las manifiestan con el cuerpo (descargar golpes, lanzar objetos, morder, etc.)

¿Qué podemos hacer?
  1. Mostrar empatía validando su emoción (entiendo que te sientas frustrado por… me encantaría complacerte pero no puedo por…)
  2. Ofrecer alternativas más atractivas e inesperadas para distraerlos e inducirlos a que olviden lo que provocó rabia (¡mira qué bello el perrito, el pajarito, la muñeca…!)
  3. Ofrecer  algún objeto que puedan lanzar o golpear (pelota de goma, un tambor, una almohada) para descargar sus impulsos, sin dañarse ni dañar.
  4. Podemos actuar físicamente con firmeza y sin violencia conteniendo el cuerpo de la criatura para que no haga daño o se haga daño marcando el límite con gestos inequívocos y coherentes  (un abrazo amoroso que le impida golpear o golpearse, es un límite)
  5. Revisar la dieta del niño. El exceso de consumo de azúcar y otros alimentos que provocan alergias, pueden aumentar la impulsividad o agresividad.
  6. Paciencia y comprensión. Si no creamos interferencias a través de intervenciones represivas o exigencias desmedidas, llegará la edad en que progresivamente el niño logrará madurez para gestionar sus emociones con mayores recursos, así como la capacidad para adaptarse mejor a las exigencias del entorno.
Recordemos siempre que los niños no actúan por capricho o malacrianza como se cree comúnmente.  La conducta de un niño siempre se explica por la interacción con su adulto cuidador, el momento madurativo y las circunstancias que le rodean. En lugar de intentar detener o reforzar una conducta determinada con reprimendas, premios y castigos, indaguemos y atendamos la causa estableciendo una conexión robusta con la criatura, empatizando con ella y  respetando su integridad como persona.


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