CRIANZA EN CULTURA DE PAZ

Conocer , comprender y respetar cada etapa evolutiva y necesidades legítimas de los niños y adolescentes. Reconectar con lo mejor de nosotros mismos. Transitar hacia el lindo horizonte de un mundo más humanizado.
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martes, 25 de agosto de 2015

Lidiar con los entornos anti-niños




Cuando escucho decir que un hijo no cambiará el orden de la casa, que los adornos se quedan en su sitio, que tiene que aprender que NO SE TOCA…,     recuerdo la frase de la psicopediatra y autora Rosa Jové: “si pensamos que un hijo no nos va a cambiar la vida, es mejor comprarse un periquito.”

¿Nos hemos planteado alguna vez, porqué en lugar de forzar al niño para adaptarlo a nuestras exigencias y expectativas adultas, mejor adaptamos el entorno  y nuestras expectativas a las particulares necesidades del momento evolutivo que recorre nuestro hijo? Podríamos poner la casa “modo niño”. A fin de cuentas se trata de una transición. Las criaturas crecen pronto y llegarán los tiempos para organizarnos en “modo adulto”. Mientras tanto, como dice Miguelito, el amigo Mafalda, ¿de que les sirve ser niños si no les dejamos ejercer?

Los adultos queremos que se queden quietos, pero es necesario que entendamos que los niños son naturalmente movedizos, exploradores, juguetones. Que dichos rasgos evolutivos son inherentes a la infancia y a la vez esenciales para desplegar un sano desarrollo. Por tanto es nuestra obligación proveer entornos adecuados y amables para ejercitar estas necesidades fundamentales de las criaturas.  

En nuestro mundo predomina justamente lo contrario: espacios anti-niños. Nos hemos organizado en función de la comodidad adulta y de las prioridades que establecemos los adultos. El orden del sistema, de la arquitectura, de la cultura, los ritmos, los horarios, las costumbres... de modo hegemónico, apuntan a satisfacer prioridades según un criterio adultocentrista. Esto lo podemos observar en pequeños detalles como la disposición de los tomacorrientes al alcance de los bebés, quienes pueden fácilmente introducir cualquier objeto quedando en grave riesgo su seguridad. Preguntemos porqué no se nos ha ocurrido empotrarlos a una altura  mayor que no constituya riesgo para un bebé que gatea o comienza a camina. Porqué elegimos restringir el movimiento de los chiquitines confinándolos en un corral.   

Cuando vamos a un restaurante o de visita a casa de otros nos encontramos con un escenario aún más limitado, con lo cual les exigimos sistemáticamente que permanezcan tranquilos,  sentados y actúen como adultos. No nos damos cuenta de que hemos convertido los espacios que habitamos en un enorme obstáculo para el despliegue de infancias saludables, felices y para el disfrute de padres relajados con sus  hijos pequeños.

Sobre todo durante los tres primeros años de vida las criaturas van impulsadas por la curiosidad innata y un deseo de exploración activo.  Decir que algo no se toca a un niño menor de dos años, comporta una instrucción compleja que no puede comprender, ni pueden mantener porque aún no ha desarrollado las funciones cognitivas para ello. Tampoco es ético, ni es digno para su integridad como persona castigar, pegar o amenazar, en el afán de intentar que detenga la conducta. De manera que es imprescindible garantizarles un entorno seguro. Si no queremos que rompa los adornos, los quitamos.  Si no queremos que abra las gavetas, les ponemos un seguro o dejamos cosas que sí pueda manipular. Si no queremos que meta objetos en el tomacorriente, los tapamos. Para un niño pequeño tampoco existe el concepto de irreversibilidad (algo se daña para siempre cuando se cae y se rompe, etc.) A esas edades todo puede ser un objeto de exploración que llama su atención y que por impulso va a querer agarrar, por tanto la criatura no puede asimilar que hay cosas que no son para jugar por más que se lo digas. Su necesidad de explorar es más fuerte.  Si no queremos que dañe objetos de valor, pongamos objetos que pueda manipular o romper sin que suponga un problema (en lugar de dejar revistas nuevas, poner las viejas u otros objetos que sí pueda manipular y dañar) Lo que sí que es cierto, es que el niño necesita hacer estas cosas porque es la manera en que desarrolla habilidades al tiempo de que aprende cómo funciona el mundo que le rodea. 

Cuando vamos a lugares donde no disponemos de entornos amables podemos anticiparnos (llevar sus juguetes favoritos, alguna actividad que le guste para mantenerlo ocupado). Mostrar empatía validando su emoción (entiendo que deseas mucho ese objeto, me encantaría complacerte pero no puedo por...) Ofrecer alternativas más atractivas e inesperadas, apelando a gestos teatrales que llamen su atención para distraerlo e inducirlo a que olvide la frustración cuando no queremos que agarre o haga algo (¡Wow! ¡mira esa muñeca que bella es !!!) Sin perder de vista que no es justo para las criaturas mantenerlas tanto tiempo reprimidas impidiendo que satisfagan sus necesidades naturales de movimiento y exploración. En ese caso somos los adultos los que debemos limitar nuestra autocomplacencia a favor de las necesidades del niño, haciendo visitas breves u optando por otros lugares donde estar más cómodos con los niños. Llegará el momento en que crecerán y entenderán las reglas, y perderán interés por los adornos de la casa.

Si acompañamos respetuosamente y no creamos interferencias a través de intervenciones represivas o exigencias desmedidas, llegará la edad (alrededor de seis a siete años) en que los niños desarrollan la madurez y las herramientas para adaptarse mejor o por más tiempo a las exigencias adultas. Aunque nunca debemos perder de vista que aún siguen siendo niños y que merecen  lugares amables donde ejercer su infancia a plenitud.



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lunes, 29 de diciembre de 2014

Para una crianza consciente, formación y transformación



Para criar sin violencia debemos conocer la naturaleza de los distintos períodos evolutivos de los niños. La mayoría de las veces las interferencias en el vínculo con las criaturas a nuestro cargo se producen porque el adulto no tiene perspectivas realistas acerca de lo que puede o no esperar según corresponde a su etapa madurativa. Circula demasiada información falsa y tenemos muchas lagunas.



Si andamos demasiado desconectados y orientados por patrones o mandatos externos distantes de la realidad del mundo infantil (y esto pasa no sólo con criadores y educadores, sino también con profesionales sanitarios como pediatras, psicólogos, etc.) se hace necesario formarnos acerca de la real naturaleza y necesidades -sobre todo psicoafectivas- de los peques. Muy probablemente debamos salirnos del surco, elegir una orientación alternativa capaz de mostrar puntos de vista radicalmente opuestos a los habituales. Si queremos resultados distintos, hay que atreverse a hacer las cosas de un modo distinto, cambiar el paradigma de crianza. Busquemos información sobre crianza alternativa, (libros, contenido en redes sociales, revistas, talleres, charlas, seminarios, grupo de padres o escuela para padres) Que el año 2015 sea un año para incorporar nuevas herramientas y conocimientos que ayuden a mejorar nuestro desempeño como padres. 



Ser padres viene con la oportunidad de replantearnos el modo en que hemos encarado la vida, nuestro cuerpo, emociones, pensamientos, acciones y relaciones. El niño real que llega a nuestros regazo despierta al niño que fuimos. Atrevernos a mirar el modo en que realmente fuimos amados o desamparados durante nuestra propia niñez y cómo desde ese amor o desde ese desamparo estamos criando en el presente -con mayor o menor disponibilidad emocional hacia nuestros hijos- es condición indispensable para tomar decisiones conscientes que permitan establecer interacciones sin interferencias en el sano desarrollo de los niños a nuestro cargo.



La llegada de un hijo o hija, abre portales de transformación y crecimiento. Dependerá de nosotros aprovechar o dejar pasar la oportunidad. Con el hecho de la paternidad o la maternidad, el terreno queda abonado, todo se sincroniza para que salga el buscador que llevamos dentro y emprendamos el trabajo de expansión de la conciencia hasta ubicarnos en la perspectiva desde la cual estar mejor capacitados para acompañar a nuestros hijos e hijas de un modo respetuoso y empático. 

Comprometernos a enmendar los estragos transgeneracionales de abusos, malos tratos, violencia y desamparo, significa honrar y curar al niño o la niña que fuimos, pero sobre todo entraña saldar una deuda urgente con el niño y la niña presente a nuestro cargo y por añadidura con las generaciones futuras.


La maternidad y la paternidad son auspiciosas para darnos cuenta de que ya no somos niños vulnerables, indefensos ni dependientes. Ahora estamos en capacidad de encontrar recursos propios para criar a nuestros hijos con afecto, respeto y contención, y abrirles camino hacia una vida plena de sentido, amor, conciencia despierta, una vida en libertad. Busquemos la ayuda apropiada para emprender el trabajo de formación y de transformación personal. Ahora es el momento. ¿Les parece un buen propósito para el 2015?



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