CRIANZA EN CULTURA DE PAZ

Conocer , comprender y respetar cada etapa evolutiva y necesidades legítimas de los niños y adolescentes. Reconectar con lo mejor de nosotros mismos. Transitar hacia el lindo horizonte de un mundo más humanizado.
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lunes, 6 de marzo de 2017

Gira Colombia: Bogotá, Medellín, Cali y Pereira

GIRA EN COLOMBIA
MARZO Y ABRIL 2017
MEDELLÍN, BOGOTÁ, CALI Y PEREIRA

- SEMINARIO CRIANZA RESPETUOSA
- SEMINARIO LÍMITES Y DISCIPLINA HUMANIZADA
- TALLER COMPRENDER Y ACOMPAÑAR LA ADOLESCENCIA

ORGANIZA UNIVERSO DE FAMILIAS 
Y FAMILIAS EMPANZA




Bogotá, Medellín, Cali, Pereira.


Información e Inscripciones en este enlace 
 http://universodefamilias.com/nuestra…/gira-conoce-mi-mundo/
Whatsapp +573104921740
Correo margarita@universodefamilias.com

info@universodefamilias.com www.universodefamilias.com

miércoles, 10 de septiembre de 2014

A mi me criaron así y soy una persona de bien


Decimos: gracias a que mi mamá me pegaba y me castigaba, ahora soy una persona de bien. Pero no vemos que el mundo está lleno de personas de bien medicadas para poder dormir.

Decimos: a mi me pegaron y doblegaron mi carácter incivilizado de niño, ahora soy una persona de bien. Pero no vemos que el mundo está lleno de personas de bien que ven con naturalidad la crueldad de pegar a niños indefensos.

Decimos: gracias a que mis padres me dieron correazos, me castigaron y aplicaron férrea disciplina soy una persona de bien. Pero no vemos que el mundo está lleno de personas de bien víctimas de depresión (Pandemia Mundial)

Decimos: menos mal que mis padres me pegaron y castigaron porque yo si que era tremendo, un niño terrible,  y gracias a eso soy ahora una persona de bien. Pero el mundo está lleno de personas de bien padeciendo neurosis,  desiertos afectivos y  cuyas vidas discurren en una sucesión de accidentes emocionales.

Decimos: Más de una vez mis padres me dieron mi jalón de orejas y me dejaron llorando para que aprendiera a respetar y gracias a eso soy una persona de bien. Pero no vemos cómo el mundo está lleno de personas de bien incapaces de resolver los conflictos sin violencia.

Decimos: gracias a que mis padres me pegaron y castigaron, soy una persona de bien. Y no nos damos cuenta de que el mundo está lleno de personas de bien enganchadas a distintas adicciones. Gente de bien que somatiza y se enferma como única salida posible al trauma infantil no registrado conscientemente.

Así nos criaron y así criamos los terrícolas,  y somos “personas de bien” llevando a este planeta hacia un  auténtico desastre ecológico…

Twitter. @conocemimundo
Instagram: @conocemimundo

martes, 9 de octubre de 2012

Los niños necesitan más tiempo con sus padres

 
El psicoanalista inglés, John Bowlby, pionero en los estudios de la importancia del apego en la crianza, escribió una vez: "La energía que el hombre y la mujer dedican a la producción de bienes materiales aparece cuantificada en todos nuestros índices económicos. Pero la energía que el hombre y la mujer dedican a la producción en sus propios hogares, de niños felices, sanos y seguros de sí mismos, no cuenta para nada en ninguna estadística. Hemos creado un mundo trastornado”.
El padre de la Teoría del Apego, atrapa en un breve párrafo, la esencia del orden social patológico que hemos construido y que impera en el mundo. Un orden integrado por hombres y mujeres que consolidan visibilidad, remuneración económica, reconocimiento e “independencia” en el ámbito exterior (negocios, profesión, estudios, trabajo, deporte, política…) pero que en el interior del hogar, dedicados al cuidado de la familia y la crianza de los hijos, pierden autonomía, se vuelven invisibles y no son remunerados ni compensados económicamente. Según la autora argentina, Laura Gutman, esto explica la razón de que nuestra identidad se encuentre puesta afuera y no ubiquemos el lugar desde donde sentirnos disponibles cuando se trata de atender las demandas legítimas de tiempo y atención que exigen nuestros hijos y que por lo tanto nos desbordan.  
Entre los infinitos recursos construidos para fortalecer un sistema interesado en que vivamos más que nada hacia afuera, aparece el concepto de “tiempo de calidad”, con el cual se pretende compensar el poco tiempo que los padres disponemos para nuestros hijos. 
Tiempo de calidad no sólo implica estar cerca físicamente, si no también conectados, con la escucha activa, la paciencia, el respeto y la empatía que nuestros pequeños necesitan de nosotros y que, ciertamente, son indispensables para prodigarles una crianza saludable. Pero cuidado, el tiempo de calidad sin cantidad de tiempo, no basta. Ninguna tarea importante puede realizarse con éxito, si además de calidad, no le dedicamos también, cantidad de tiempo. Un proyecto de trabajo, una carrera universitaria, requiere mucho de nuestro tiempo. La crianza de nuestros hijos no es la excepción.
Preguntémonos, por ejemplo,  como escribe el pediatra y autor Carlos González en su libro Bésame Mucho:  ¿se nos ocurriría decirle al jefe que en lo sucesivo trabajaremos dos horas en lugar de ocho a diez horas diarias, porque las dos horas serán tiempo de calidad?.  Entonces, ¿qué es lo que nos hace creer que con nuestros hijos sí se puede?...  
Posiblemente a estas alturas estarán pensando, “Ajá, ¿y cómo quedarnos más tiempo con los hijos si necesitamos trabajar para pagar las cuentas?”. Pues la verdad es que no hay soluciones fáciles, pero soluciones sí hay. El cambio de paradigmas nunca ha gozado de popularidad, al contrario, tiene demanda negativa, genera resistencia porque toca intereses, fibras sensibles y casi siempre hace saltar resortes. Tampoco sus resultados pueden verse a corto plazo, si no en generaciones. Estamos hablando de una transformación profunda de mentalidad, de cultura y de sistema de vida. Se necesitan bríos y ganas de hacerse conscientes en medio de un sistema que arrastra hacia la dirección contraria, hacia los mecanismos de evasión y huida.  Pero tenemos que tomar decisiones, porque de ello depende que regeneremos el tejido social desgarrado a partir de la soledad y el abandono en los que se encuentran nuestros niños y adolescentes. 
Todo esfuerzo y compromiso bien vale la pena, ¿cierto?.

 

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jueves, 13 de septiembre de 2012

Tratarás al niño como a un igual

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 “Para hacer grandes cosas, es preciso ser tan superior a sus semejantes como lo es el hombre a la mujer, el padre a los hijos, el señor a los esclavos”. Aristóteles siglo V a.C.  Con esta frase citada por Casilada Rodrigáñez, en su artículo “Poner límites o informar de los límites”, la escritora madrileña aporta clara referencia del orden en el cual hemos basado más de cinco mil años de civilización patriarcal, establecido sobre el principio de la jerarquía. Un orden opuesto a la estructura anterior de sociedades neolíticas matrifocales, que se asentaron sobre la horizontalidad y la cooperación.

Acierta Rodrigáñez, al destacar que nuestro modelo actual de hombre o mujer, incluye la superioridad adulta como uno de los pilares del patriarcado, aún predominante en el planeta. Con este paradigma calado hasta los tuétanos, la mayoría de los adultos valoramos al niño como un inferior y un subordinado. Es así que la práctica de ordenar, imponer y doblegar al niño la llevamos muy interiorizada y, por tanto, se hace tan difícil sustraernos de ella.   

Han transcurrido, sin embargo, alrededor de un par de décadas en las cuales una corriente de pensamiento florece a la luz de un nuevo despertar de conciencia,  y comienza a sumar voces que valoran al niño como a un igual.  Una corriente sustentada en modos de relación más horizontales entre adultos y niños, que abraza conductas orientadas por principios de equidad, respeto, altruismo, dignidad, empatía y no violencia.

Hablamos de una filosofía que nos encamina a ofrecer explicaciones y alternativas, en lugar de dar sistemáticamente órdenes e imponernos a partir de la descalificación de las capacidades y habilidades del niño. Una nueva estructura que llama a sustituir la autoridad, por comunicación, acuerdos y compromiso emocional.  Que nos lleva a creer en que sí es posible ser democráticos y flexibles en el hogar, en que sí es posible enseñar a los hijos a comprender sus deberes sin violar sus derechos, en que sí es posible ejercer el rol de padres tratando al niño como a un igual. Un nuevo orden donde los niños opinan y acuerdan con el resto de la familia, sobre los asuntos cotidianos. Donde se les informa respetuosamente cómo funciona este mundo que están conociendo.  Una forma de vida que valida el ejercicio de la autocrítica, de pedir disculpas a los hijos cuando nos equivocamos.  Que nos da el permiso de hacer las cosas de un modo distinto. Otra manera de vivir la paternidad y la maternidad que convoca a ponernos en los zapatitos de los niños para comprender cuáles son sus necesidades reales y satisfacerlas sin reparos. A tener expectativas reales sobre lo que se puede o no esperar de los pequeños según su momento evolutivo.  A respetar sus propios ritmos madurativos en lugar de forzarlos a responder según los ritmos externos. Un camino amoroso que nos inclina a buscar tras la superficie las razones del “mal comportamiento” de los niños, en lugar de interrumpir o modificar la conducta con métodos punitivos. Que nos llama a palabrear constantemente a nuestros pequeños, a contarles lo que nos pasa, lo que esperamos de ellos, lo que necesitamos. A escucharlos y atenderlos sin banalizar sus sentires, deseos y expresiones, asumiendo que son siempre importantes. 

Desmontar el constructo adultocéntrico con raíces milenarias,  supone una visión ética elevada, con paradigmas de avanzada, poco comprendidos hoy. Tenemos por delante el enorme desafío de comprometernos con nuestro propio cambio de conciencia y contribuir con abundantes umbrales de retorno hacia la crianza humanizada.  Es nuestra deuda pendiente con los niños.  

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