CRIANZA EN CULTURA DE PAZ

Conocer , comprender y respetar cada etapa evolutiva y necesidades legítimas de los niños y adolescentes. Reconectar con lo mejor de nosotros mismos. Transitar hacia el lindo horizonte de un mundo más humanizado.

martes, 17 de diciembre de 2013

Una singular entrevista al escritor JJ Benítez, de la mano con frasquito

Hace algunos años, en ocasión de la publicación del libro dedicado a su nieto, hice una entrevista al escritor JJ Benítez que hoy saqué de mis archivos para compartir con mis lectores y lectoras.  Aquí la tienen, espero que la disfruten tanto como yo lo hice.
Con JJ Benitez después de la entrevista



Van a ser las 2:30 pm. Estoy sentada en un sofá dispuesto en el lobby de un conocido hotel de Caracas cuando recibo la llamada que me confirma su llegada. Puntual, se acerca el conocido periodista, investigador y escritor que quiso ser pintor, J.J Benítez. El motivo del encuentro: hablar sobre su último libro “De la Mano Con Frasquito” que aparentemente nada tiene que ver con OVNIS pero que recoge 101 reflexiones sobre sus experiencias de vida para ofrecerlas de regalo a su nieto. El escritor navarro que ha vendido más de nueve millones de copias y publicado más de cincuenta libros entre los que destaca la saga del Caballo de Troya, elige una butaca contigua y toma posesión de su espacio con halo cercano, afable y dispuesto a hablarnos desde una dimensión diferente a la que sus lectores están acostumbrados. Esta vez toca el turno de indagar sobre su visión acerca de la paternidad, la familia, la crianza, la transmisión de valores y el sentido de la vida.

BI: ¿Cómo se inscribe dentro de su proyecto global de escritura, este nuevo libro?
JJB: No sé explicarte, yo escribo siempre de acuerdo con lo que me apetece hacer, con lo que me pide el corazón y no sé si se repetirá alguna vez, probablemente no. Supongo que pasa cuando se llega a una determinada edad. Decidí compartir un cúmulo de cosas que he ido viviendo y que no se deben perder, que pueden ser muy útiles no sólo para niños, sino para todo el mundo.

BI: ¿De qué manera ha incidido sobre el desarrollo de este proyecto la relación con su nieto a quien usted llama cariñosamente Frasquito?
JJB: Frasquito es fundamental, de hecho, a lo mejor si no hubiera existido, yo no hubiera escrito el libro. Él aparece en la vida, yo lo observo, y parece como si Frasquito viniera al mundo con una idea en la mano, y me la ofreció sin darse cuenta. Frasquito es una criatura que me ha hecho reflexionar mucho, observar más, que me ha hecho recordar y que en cierta medida me hace ser más bueno. Aunque yo no sea bueno, lo intento, porque es una criatura tan recién llegada, tan limpia, tan tierna, tan prometedora, que no puedes tener otro tipo de comportamiento con él.

BI: ¿No piensa usted que todos los niños traen esas cualidades al nacer, y que mucho depende de los adultos criadores que las desarrollen o a las tuerzan?
JJB: Yo creo que los niños por sí mismos son una bendición. Tener un hijo, tener a un niño en sí es un regalo. Luego cada padre cada familia siempre intenta hacerlo lo mejor posible. Yo he aprendido también que el niño tiene su propia vida y no debemos imponerle nada. Los padres queremos que los hijos sean de determinada manera, y es un error. Los niños tienen que desarrollar su vida, su plan de trabajo, el que tengan, y lo único que tenemos que hacer es estar con ellos.

BI: Un tema de preocupación frecuente manifestado por los padres, es la cuestión de inculcar valores a los hijos. Al margen de la diferencia que dicta el código particular de cada religión o cultura, ¿cuáles cree usted que son los valores fundamentales sobre los que debe desarrollarse el ser humano?
JJB: Lo más importante, pienso yo, es que debemos ayudar  al niño -aunque luego ya cada uno hará lo que considere importante con su vida- primero a ser buena persona, es decir, no ser agresivo ni dañino con nadie, luego a ser una persona generosa, entender que no es necesario ser posesivo, porque la vida te da lo que  te tenga que dar y hay que aprender a disfrutarlo. Ser desprendido, ser una persona generosa es algo básico.

BI: ¿Cómo ve usted la familia actual y la posibilidad de desarrollar estos valores dentro de su núcleo?
JJB: Sobre la familia creo que  a pesar de los vaivenes y a pesar de las modas y los problemas que puedan haber y que los ha habido siempre y los hay siempre, la familia es algo que se mantiene. Yo creo que la familia es algo natural y va a persistir. Tendrá sus momentos, sus modas pero no se acabará. El que haya una tendencia a que se formen nuevos modelos de familia no debe hacernos pensar que la familia se va a destruir, al contrario, yo creo que la va a enriquecer. Hay que ser respetuosos con todas las opciones.
BI: En la mayoría de los casos los padres esperamos que nuestros hijos adopten nuestras mismas creencias políticas, religiosas, etc. ¿Hasta qué punto esto violenta el respeto a la libertad de elegir? ¿Cree usted que hay que darles una doctrina desde un principio y que luego de mayores ellos elijan o debemos enseñarles todas las opciones posibles y permitirles elegir desde pequeños?
JJB: Pretender que nuestros hijos adopten y sigan nuestras creencias es un error. A los seres humanos nos falta mucha perspectiva, creo yo. No hay que imponer nada. Hay que ayudar. Si alguien quiere ser algo que no le ha pasado a la madre o al padre por la cabeza, pero al niño o a la niña es lo que le interesa ser, hay que apoyarlo incondicionalmente. Yo creo que a los hijos hay que ayudarlos en lo bueno y en lo malo. Hay que estar con los niños, no imponer a los niños. Y estar incluso en silencio, sin más. Cada uno tiene su criterio, su elección, los niños también y hay que respetarlos. En la sociedad occidental, sobre todo, la imposición ha sido una norma. A los niños y a los muchachos hay que intentar explicarles todo, el por qué se hace esto así o por qué no. El problema es que no somos respetuosos con los que tienen menos edad. Ellos tienen que ser respetuosos con los mayores, pero los mayores no somos respetuosos con los niños. Yo lo he descubierto muy tarde… Yo no estoy de acuerdo con la educación impositiva, me da igual el terreno que sea, matemática, religión, etc. Hay una cosa que se llama el sentido común y hay que respetarlo, ser coherente con la naturaleza, respetuosos con el mundo. Desde mi punto de vista la vida de un ser humano es algo minuciosamente ordenado, ya establecido y se va a desarrollar con los parámetros determinados por el buen Dios y a la criatura: al hombre, a la mujer.

BI: ¿De qué modo podemos asistir respetuosamente a nuestros hijos en su proceso de crianza?
JJB: Es un procedimiento que para empezar, te lleva a la observación. Tú observas al niño, y le escuchas, si ves que se está desviando hacia un territorio que no es bueno para él, le puedes aconsejar, orientar, pero no imponer. Una de las cosas que me di cuenta cuando estaba escribiendo Frasquito -yo lo hago con mucha frecuencia- es que levanto la voz. El criterio de imposición hace que la criatura que está delante retroceda, y se rompe algo mágico. Cuando alguien manda, se rompe la magia, y si se manda es porque se ha agotado la palabra o se ha agotado el sentimiento o se ha agotado la sonrisa, y eso no es bueno. Claro que es muy difícil porque la sociedad está establecida de otra manera, y hay que ir corrigiendo poco a poco este orden. Quizás este libro es muy útil porque invita a cada persona a que piense por sí misma, a que decida y se hace de una manera muy dulce.

BI: Me di cuenta de que, por la manera en que está hecho, podría jugarse a abrir cualquier página del libro al azar y encontrarse con una reflexión que responda a una inquietud del momento.
JJB: Claro, aparentemente es un juego, donde Frasquito hace cosas o dice cosas que pueden ser más o menos llamativas, eso lo aprovecho yo para hacer una reflexión sobre lo que sea e intentar transmitirle a la gente un concepto que  a mí me ha resultado muy útil y que a lo mejor está  contra la ortodoxia o lo establecido… ¿y por qué no?

BI: ¿Cómo siente JJ Benítez ser abuelo y cómo sintió ser padre durante los años de formación y crianza de sus hijos?
JJB: Mi padre fue un hombre extraordinario y yo pude ser y trabajar y estudiar gracias a él. Era un hombre muy observador y quizá en ese aspecto tuve mucha suerte. Yo como padre no fui tan bueno como mi padre, ahora, como abuelo, estoy intentando corregir eso, lo cual es lógico porque cuentas con las posibilidades que te da la experiencia. Quizá también es cierto que los abuelos no tenemos la carga que tienen los padres y es una situación más relajante. El padre está batallando más, el abuelo no tanto.

BI: Para  usted, un investigador impenitente, ¿cuál es el enigma por excelencia?
JJB: Pues la propia existencia humana. Los otros enigmas son interesantes todos, o casi todos pero el más importante es el enigma del por qué estamos aquí, quién soy yo. Si yo creo que no existe la casualidad, entonces por qué la existencia del ser humano y de cada ser humano. Eso ha sido un gran enigma, un gran misterio, y yo en parte se lo trato de transmitir a Frasquito. Yo creo que el ser humano está  aquí con un plan. Cada señor y cada señora está aquí con un plan establecido. Lo que yo llamo la Ley del Contrato.

BI: ¿Cómo se siente haber hecho de una de sus pasiones su trabajo que además le ha redituado fama y dinero? ¿Por qué la mayoría de las personas no lo consiguen?
JJB: Si la teoría que te acabo de explicar que yo llamo la Ley del Contrato fuera verdad -que está por ver- todas las vidas de todos los seres humanos tienen sentido. Si algunos firman contratos para ser millonarios, otros lo firman para ser ciegos, otros para ser paralíticos cerebrales, Down, autistas (que son auténticos héroes porque viven encarcelados dentro de sí mismos) otros firman el contrato para ser personas anónimas, otras para vivir en el desierto, otras para vivir 5 semanas. No sabemos por qué razones, pero las hay. Entonces unos triunfan en la vida. Bien pues, estaba escrito, era el plan de trabajo de esa persona. No sabemos por qué repercusiones, pero una vez que consigues el dinero te das cuenta de que no sirve para nada, y tienes que conseguirlo para darte cuenta de eso. Y esta es la segunda parte de las personas con mucho dinero o poder, que no lo dicen, se callan, sin embargo se preguntan: he llegado hasta aquí y qué.

BI: ¿Qué es el sentido de la vida para JJ Benítez?
JJB: El sentido de la vida es la experiencia. Por eso yo le digo a Frasquito que el dinero es una caja de herramientas y tú no te pones de rodillas ante una llave inglesa, no se te ocurre. El dinero sirve para hacer muchas cosas, pero el sentido de la vida es que vivas, que disfrutes el instante, el cúmulo de presentes, eso es lo que cuenta. Yo le digo a Frasquito, que cuando se muera, se va a llevar una sola cosa al otro lado: sus recuerdos, por eso es tan importante vivir. Y ese es el sentido de la vida, disfrutar cada instante.

BI: ¿A quién invitaría usted a leer De La Mano Con Frasquito?
JJB: Si alguien está triste confuso o aparentemente sin salida en su vida, este es un libro que le puede resultar muy útil. En un momento determinado lo abres por donde quieras y lees algo que encaja con lo que te está preocupando en ese momento y eso significa que este libro no tiene nada que ver conmigo. Yo lo he escrito, pero yo no lo he escrito.

BI: ¿Se refiere a ese “modesto fax” que dice en la tapa del libro lo conecta a usted con el  buen Dios?
JJB: Eso es. Como todo el mundo, lo que pasa es que yo me he percatado de la conexión, y me aprovecho del buen Dios y le saco toda la información que puedo, constantemente.

BI: ¿Y cómo logra percatarse de esa conexión?
JJB: Hay un sistema muy sencillo. Él está dentro y no grita, el problema de Dios es que susurra y no nos damos cuenta. Es tan simple y tan sencillo como escuchar. Dentro hay alguien. Está hablando, está susurrando, escuchemos qué dice.

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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Liberemos a los hijos de nuestros conflictos de pareja



Para un niño tener dos hogares puede ser como 
tener dos nacionalidades: resulta ventajoso 
salvo que los países  entren en guerra.
 Álvaro Cabo Rivas.

No hay que hacer grandes esfuerzos para darnos cuenta de que el modelo tradicional de familia constituido por  una pareja vitalicia con hijos biológicos, hace tiempo dejó de ser el único deseable o aprobado socialmente,  para dar paso a la diversidad de estructuras  familiares, siendo una de las más comunes, las familias ensambladas.

A menudo las parejas con hijos atraviesan rupturas o separaciones (según sea el caso, signadas por conflictividad o acuerdos) y luego establecen vínculos con nuevas parejas. Con todas las emociones de pérdida y de duelo que estas experiencias entrañan, así como los cambios y reorganización de vida que implican, muchos son los estragos que podríamos evitar a la hora de tomar decisiones o acciones que afectan a los hijos propios o ajenos.
Desde un enfoque consciente y respetuoso de crianza, me parece que algunos  puntos a tomar en cuenta frente a conflictos de pareja, separaciones o relaciones entre los miembros de  familias ensambladas son:

  • Que nadie use a los hijos como rehenes en los conflictos de pareja. Los hijos no tienen por qué atrincherarse a favor o en contra de ninguna de las partes. Los hijos necesitan sentirse amados y aceptados por sus progenitores y/o pareja actual, necesitan tener la libertad de amarlos y aceptarlos sin sentirse culpables o sentir que traicionan a alguien. Los hijos necesitan disponibilidad incondicional de ingreso al territorio emocional de sus progenitores aún cuando estos se encuentren divorciados, solos, solas, emparejados o emparejadas otra vez , así como formando nuevas familias.
  • Cuando incorporamos cotidianamente en nuestras vidas la transparencia y la honestidad,  el vínculo con una nueva pareja y los hijos se va construyendo al mismo tiempo, naturalmente, sin secretos, sin necesidad de ocultar la realidad. Por tanto la entrada de la nueva pareja a la vida de los hijos también sucede de un modo transparente y natural.  
  • Nuestra rabia, celos, resentimientos, dolor no es lo más importante o, en todo caso, se trata de un asunto que debemos resolver sin implicar a los hijos propios o ajenos. Lo que realmente debe importarnos es que los hijos se sientan amados, respetados y acogidos por su progenitor y la nueva pareja de éste o ésta. 
  • Cuando somos adultos maduros, realmente capaces de amar, también somos capaces de proteger, acompañar y cuidar a los hijos de nuestra pareja.
  • Al vincularnos con una nueva pareja es prioritario incorporar  a los hijos propios o ajenos tomando en cuenta sus deseos y opiniones en las decisiones de vida que este nuevo vínculo trae. 
  • Mantengamos presente que al iniciar una nueva relación de pareja, los lazos no se limitan a dos personas sino que por añadidura se establecen con nuestros  hijos, expareja, familia consanguínea o política y nuestra nueva pareja o viceversa.  Con lo cual resulta indispensable mantenernos disponibles para llegar a acuerdos a favor de cultivar relaciones respetuosas. 
Fuente: Conversaciones con Laura Gutman


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miércoles, 6 de noviembre de 2013

Está bien equivocarse


La última vez que chequeé seguía siendo humano y es de humanos equivocarse. 
Adagio popular.


 En su libro “El viaje al poder de la mente”, el divulgador científico Eduard Punset dice,  “Se nos repite desde  pequeños que tendríamos que aprender de nuestros propios errores, pero ¿cómo vamos a aprender de nuestras equivocaciones si no admitimos nunca, o rara vez, que nos hemos equivocado?" …   Y cómo podría ser de otro modo, cuando nuestra educación en general se basa sobre la estigmatización y la penalización del error o en la premiación de los aciertos entendidos como conductas socialmente esperadas. De esta manera hemos terminado por llamar educación a meros procesos de adiestramiento basados en la obediencia ciega, a un sistema de huecas y superficiales transacciones (te doy o te quito según te comportes), con lo cual no contribuimos a asimilar conscientemente la experiencia.  Esto es más o menos lo que hacemos a diario, en la mayoría de los casos,  durante la crianza de nuestros hijos.

En este orden de ideas me vino a la mente cierto papá genuinamente preocupado  que se me acercó para relatarme un evento ocurrido durante una fiesta infantil. Con el interés de aclarar si hacía bien o no al usar recursos punitivos (castigo-premio) para lograr que su hijo de cinco años incorporara valores positivos, me contó lo siguiente.  En un momento dado, durante la fiesta, su hijo se sintió  atraído por el globo de otro pequeño de dos años. Entonces se acercó, lo apretó y lo reventó. Como era de esperarse el pequeño de dos años rompió a llorar de susto y desilusión por haber perdido su hermoso y divertido globo a manos de otro niño arrebatado por el impulso. Frente a este escenario, y con la mejor intención de educar, el papá obligó a su hijo a acercarse a la “víctima”, disculparse y entregarle su propio globo en compensación, “para que le doliera y aprendiera la lección”, me aclara el padre. El hijo terminó muy molesto y humillado, el papá muy incómodo, y todos terminaron desaprovechando una gran oportunidad de aprendizaje a partir de los errores acaecidos durante la experiencia, sea dicho de paso, muy común en las fiestas infantiles…

Le propuse al padre lo siguiente: ¿qué tal si rebobinamos la historia para darle un curso diferente?, ¿qué tal si tras la arremetida de tu hijo  contra el globo del niño de dos  años, abrimos un espacio de reflexión para indagar qué pasó, qué lo llevó a hacer lo que hizo, por qué, para qué? Probablemente estaba muy excitado por el consumo de tanta azúcar contenida en gaseosas y golosinas. Probablemente estaba molesto, cansado, aburrido. Quizás intentó decirlo varias veces a su manera sin lograr entrar en el radar de sus cuidadores (La "mala conducta" de un niño es siempre una señal para que detectemos  necesidades desatendidas o aproximaciones desequilibradas hacia él). Tal vez simplemente le resultó llamativo aquel globo que lo invitaba a explorar movimientos y sensaciones…

En lugar de castigar, podríamos comenzar por escuchar al pequeño y responderle desde la empatía diciendo, por ejemplo,  que entendemos que el globo luzca atractivo y reventarlo ciertamente es muy divertido, pero que debemos tomar en cuenta que no siempre lo que nos provoca hacer es bueno para los demás. Podemos aprovechar para explicarle que es deseable intentar ponernos en el lugar del otro antes de actuar y pensar un poco si nos gustaría que nos hicieran lo mismo, etc.  Si a estas alturas hemos logrado establecer una comunicación empática,  probablemente el niño quiera entregar de motu propio su globo (los niños al contrario de lo que creemos son seres muy generosos), y si no, ¿porqué en lugar de obligarlo “para que le duela más y aprenda”, mejor le proponemos buscar juntos otro globo disponible en la misma fiesta para compensar al pequeño de dos años, llevárselo y disculparnos?  De esta manera evitamos que nuestro hijo se sienta humillado, con miedo o con resentimiento fruto de castigos psicológicos. Con lo cual estaría en mejor disposición para asumir su responsabilidad desde el genuino deseo de cooperar a partir de la conciencia y la empatía, constatando que es de humanos equivocarse y que los errores son estupendas oportunidades de aprendizaje y crecimiento.

Twitter. @conocemimundo

miércoles, 30 de octubre de 2013

Nunca es tarde para disculparnos con nuestros hijos


Cuando se trata de cuestionar lo naturalizado, de mostrar puntos de vista radicalmente opuestos a los habituales, cuando invitamos a ponernos los lentes especiales que yo llamo “del darse cuenta” hasta vislumbrar las infinitas dosis de violencia sutiles y flagrantes que ejercemos en las aproximaciones diarias hacia nuestros hijos durante la crianza, ocurre con frecuencia que padres y madres terminamos por cuestionarnos si todo lo que hemos hecho hasta el momento en que logramos conciencia  de los errores cometidos,  tendrá algún remedio, si tendremos una segunda oportunidad.

Cuando por fin logramos comprender la herida emocional impresa a fuego en nuestro hijo por haberlo dejado llorando hasta reventarse sin acudir a consolarlo, cuando vislumbramos la humillación y el miedo que pasó nuestro pequeño   tras las “nalgadas a tiempo” o  al mandarlo al rincón de pensar en respuesta a  un berrinche, cuando por fin registramos la violencia ejercida hacia nuestros hijos fruto de la imposición de exigencias desmedidas y nos damos cuenta del desierto emocional vivido por ellos a partir de la falta de mirada y de compromiso emocional que antes justificábamos como actos de disciplina necesaria o de preservación de nuestro propio espacio… nos preguntamos angustiados si estamos a tiempo aún, si habrá o no caminos posibles para resarcir los estragos que ciegamente, creyendo que hacíamos lo mejor, provocamos en nuestros hijos. 
 
Ciertamente es mucho más eficiente prevenir que luego tener que reparar el daño, sin embargo nunca es tarde. Aunque nuestro hijo o hija tenga dos, cinco, quince, incluso veintiséis, cuarenta o sesenta años, siempre es buen momento para disculparnos y actuar en consecuencia, por ejemplo, a través de estas palabras que nos presta la autora argentina Laura Gutman: " Yo sé que te he desprotegido, sé que no he acudido a ti todas las veces que me llamabas porque creía que tenía que lograr que no fueras caprichoso o pensaba que la rigidez era el mejor sistema para educarte bien" … "pero ahora he cambiado, sé que quiero resarcirte, sé que todo lo que me has pedido era legítimo y quiero amarte y protegerte y estar atenta a tus demandas hasta que cierren las heridas que he contribuido a generar en tu alma" .  

Coincido plenamente con  la perspectiva terapéutica de que al margen de la edad, sean niños o adultos, ofrecer a nuestros hijos la posibilidad de llamar a sus sentimientos y sus vivencias subjetivas infantiles por el verdadero nombre, es sanador.  Desmontar el falso discurso construido desde nuestra posición adulta autoritaria y alejada de la verdad y del ser esencial del niño, entraña un poderoso potencial de reparación. Verbigracia, reconocer que nuestro hijo se siente  solo y nos necesita, en lugar de llamarlo malcriado cuando llora pidiendo consuelo.   Y si no lo habíamos hecho hasta ahora, siempre será buen momento para comenzar, no importa la edad presente de nuestro hijo o nuestra hija.

Soy una convencida de que el propósito de andar por este camino que llamamos vida es hacernos más conscientes, y los hijos siempre son la mejor escuela. 

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miércoles, 23 de octubre de 2013

¿Nacidos para sobrevivir o para ser amados?



 
No existe el pecado original, lo que existe es la herida primal. Ileana Medina


Ya he dicho antes en artículos, en programas de radio y talleres, que entre otros especialistas de la conducta humana, la frecuentemente citada y recomendada autora argentina Laura Gutman, insiste sobre el hecho de que toda forma de violencia pasiva, activa, concreta o sutil  se genera a partir de la falta de calidad en el vínculo durante la crianza. En palabras de la Gutman,  la calidad del vínculo depende de la capacidad de prodigar o no las necesidades que un bebé humano, mamífero, altricial requiere para su desarrollo y que se traducen básicamente en obtener la misma calidad de confort que experimenta  el bebé dentro del útero materno. Es decir, contacto permanente con el cuerpo de la madre, movimiento permanente, alimento permanente, mirada, brazos, consuelo, sostén en continuum. Por ende no es necesario llegar a pegar o gritar. Cuando la madre, el padre o adulto cuidador responsable de la crianza, no es capaz de reconocer y prodigar las necesidades auténticas del niño pequeño, automáticamente lo somete a experiencias sufrientes y violentas.  

Podríamos decir sin miedo a exagerar que ningún  ser humano nacido y criado en esta civilización organizada sobre principios de rigidez y autoritarismo, con modelos de crianzas basados en el adiestramiento y la obediencia,  condicionado sobre la creencia de que un niño se malcría si se le carga demasiado, que hay que dejarlo llorar para que aprenda a tolerar frustración, etc.,  se libra  del maltrato. Nadie o casi nadie se salva de la necesidad de batallar frente a experiencia de infancias hostiles, desplegadas en desiertos afectivos.  Hay que rendirse ante la evidencia: en esta civilización nacemos para sobrevivir y no para ser amados. 

Así las cosas, los seres humanos hambrientos de amor,  terminamos por  aferrarnos a diferentes mecanismos de “salvataje” o de sobrevivencia. En su libro Crianzas, violencias invisibles y adicciones Laura Gutman desarrolla  cuatro de ellos que son básicos:

  1. Violencia hacia fuera: Los niños que echan mano de este mecanismo para sobrevivir, desesperados por obtener lo que necesitan y que no es prodigado por sus cuidadores, aprenden que deben pelear y arrebatarlo. Por tanto devienen en adultos que destruyen al otro. A lo largo de sus vidas siempre encuentran un “otro” que tiene la culpa.
  2. Violencia pasiva: Son las víctimas sistemáticas.  El niño aprende que en la medida en que es fagocitado por la madre o cuidador, en la medida en que reprime sus pulsiones, en la medida en que renuncia a pedir lo que legítimamente necesita, que no reclama su deseo para ser aceptado por el otro,  en esa medida es nombrado, logra mirada y vínculo (“rómpeme, mátame pero no me dejes”).  Luego en su vida presente y futura, basa el vínculo con otro en tanto  que ese otro lo destruye.
  3. Violencia hacia adentro: Se trata del niño que a través de distintas formas pide mirada, brazos, cuerpo materno… sin lograr  penetrar en el radar de sus padres, pero termina haciendo un broncoespasmo y  logra tenerlos a su lado las 24 horas seguidas al lado de la cama en el  hospital. Con lo cual aprende que es así como logra obtener lo que necesita. Entonces “las enfermedades y la debilidad se constituyen en el principal aliado para obtener amor y entrar en el circuito de las relaciones.”
  4. Devorarlo todo: La autora argentina se refiere a las adicciones como otro de los mecanismos de sobrevivencia originado en la carencia de maternaje o calidad de vínculo durante la crianza y que opera incorporando  vorazmente comida, tabaco, alcohol, café, substancias, diversión obsesiva, consumos… intentando saciar necesidades originales (infantiles) no satisfechas.  Aclara la Gutman que todos los seres humanos sufrimos de adicciones en distintos grados.  De hecho vivimos una civilización muy adictiva al punto de que el consumo desmedido entraña un auténtico e inminente desastre ecológico.

Enlaces relacionados

Dos grandes vías de crianza
Para un cerebro sano, mucho amor, mimos y brazos
Crianza con apego y crianza respetuosa ¿son la misma cosa?

 


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miércoles, 16 de octubre de 2013

La niña de las sandalias coquetas

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Pintura de Tatiana Deriy 


Ojalá creciéramos tanto como para llegar a ser niños.
Carlos Costa, coautor de Una nueva  paternidad

Me llamó la atención su linda ropita veraniega y se me inundó el corazón de ternura al ver aquellos piececitos en unas cuchis sandalias como las que usaban mis hijas cuando tenían su edad. Era una niña no mayor de tres años. Caminada por la acera con su mamá y otra mujer adulta. Seguí observando la escena. Saqué cuentas y resultó que la misma distancia que las mujeres adultas recorrían con un paso, la pequeña de tres años la recorría con dos pasitos. Es decir que, para desplazarse, un niño pequeño necesita hacer el doble de esfuerzo respecto a un adulto. La mamá y su amiga. -como es común en los mayores- iban de prisa y enfocadas hacia un objetivo (ir al mercado, a comprar tal cosa, al trabajo, a la casa). Ajena a las prisas al igual que todo niño, la pequeña de las sandalias coquetas recorría el camino viviendo el presente, dando rienda suelta a su imaginación, creándose historias, observando cada detalle del camino como una novedad, zigzagueando los adoquines de la acera...

A menudo, cada uno -niño y adulto- andamos por la vida a velocidades y en planetas distintos. Y es de este andar en tiempos y planetas distintos, que se desprende infinidad de aproximaciones violentas hacia nuestros chiquitines. Verbigracia las escenas típicas en la calle o centros comerciales de mamás o papás llevándolos a rastras contra su deseo de detenerse a apreciar algún detalle o porque se cansan,  ya no quieren caminar y piden que los lleven en brazos. Qué decir de la presión a la que los sometemos apenas despiertan cada día para que se alisten a toda prisa y salgan a cumplir con una larga rutina de actividades escolares y extraescolares marcadas por objetivos y por horarios diseñados e impuestos desde el distante y competitivo planeta adulto.

Hemos creado un mundo incompatible con el despliegue de infancias felices. Terminamos por arrebatar a los niños el tiempo para vivir el presente, para comer cuando tienen hambre y no porque es la hora,  para dormir cuando tienen sueño y levantarse cuando estén descansados y no porque toca hacerlo. Les despojamos del gran tesoro de andar a su aire y dar rienda suelta a la imaginación, crearse sus propias historias, de juguetear y sorprenderse con cada detalle del camino, de zigzaguear adoquines sobre la acera 

Si tan sólo registráramos que los niños aún son capaces de vivir en conexión con la sabiduría intuitiva. Si tan sólo los observáramos y los escucháramos,  sería mucho lo que podríamos aprender de ellos.   

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