CRIANZA EN CULTURA DE PAZ

Conocer , comprender y respetar cada etapa evolutiva y necesidades legítimas de los niños y adolescentes. Reconectar con lo mejor de nosotros mismos. Transitar hacia el lindo horizonte de un mundo más humanizado.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Paciencia para criar, ¿de dónde la sacamos? (Parte II)

La semana pasada comenzamos a publicar (véanlo aquí) una serie de cuestionarios hechos a especialistas psicólogos, educadores, madres y padres blogueros de Iberoamérica, todos amigos y amigas volcados a la crianza consciente. Hablamos sobre un elemento escaso e imprescindible que sin duda nos inquieta toda vez que desearíamos tener a raudales durante el inmenso desafío de criar a los hijos: la paciencia.
En esta oportunidad les traigo la  respuesta  de Ileana Medina Hernández, periodista cubana-española, coautora del libro “Una Nueva Maternidad”, mamá bloguera (Blog Tenemos Tetas) volcada en la crianza con apego. Espero que disfruten y aprovechen tanto como yo, de los quilates de las opiniones inteligentes, preclaras y sustantivas que generosamente en medio de las infinitas ocupaciones de mamá puérpera  -entre porteos y dar la teta- nos regala, mi querida y admirada colega.



¿Qué es la paciencia?
Digamos que la paciencia es el momento intermedio entre la empatía y el enfado. Cuando hay empatía, identificación, conexión, no hace falta paciencia, todo rueda. Las dos personas estamos juntas y compartiendo porque a ambas nos apetece. Cuando se acaba la conexión, la coincidencia espontánea, hay que echar mano de la paciencia, de la capacidad de tolerar, de soportar, de acompañar... aun cuando no sea nuestro deseo en ese momento. Y ya cuando no nos queda ni la paciencia, llega el enfado, el mal humor, los gritos, la imposición o la violencia.

 ¿Qué importancia tiene la paciencia en la crianza de los hijos?
La paciencia tiene mucha importancia en la crianza porque es el umbral que evita que lleguemos a ser violentos con ellos. Por violencia no entiendo solo pegar, también gritar o imponer nuestros puntos de vista. Me gusta la definición de violencia que da Laura Gutman: hay violencia siempre que dos deseos diferentes no pueden coexistir. Entonces, fijémonos cuantas veces somos violentos con nuestros hijos.
Para los niños todo es un juego: comer, vestirse, bañarse... todo es jugar para ellos. Eso no encaja a menudo con los planes y los tiempos que tenemos los adultos. Lo ideal sería que para criar todos contactáramos con nuestro "niño interior", y que tuviéramos disponibilidad real y emocional para pasar horas acompañando a nuestros hijos, a jugar, a explorar, a redescubrir el mundo con ellos, a insertarlos en nuestros trabajos, etc...
Pero desgraciadamente, eso es muy poco frecuente. Los adultos perdimos a nuestros niños interiores en alguna parte del camino. Entonces, como mal menor, debemos echar mano de la paciencia, la tolerancia, la capacidad de llegar a acuerdos, de respetar y tomar en serio las necesidades y los deseos de nuestros hijos. Para eso sirve la paciencia.

¿Por qué a los padres se nos hace tan difícil ser pacientes con nuestros hijos?
Se nos hace difícil porque a su vez los adultos no fueron pacientes con nosotros cuando éramos niños. Casi todos venimos de educaciones muy autoritarias, de historias transgeneracionales de abandono emocional importantes. Así, cuando devenimos padres, nos cuesta mucho hacer las cosas de modo diferente. Transmitimos la violencia, el "pecado original", de generación en generación.
La ira que tenemos acumulada de nuestra propia infancia reprimida sale a la luz, sobre todo con nuestros niños. No sacamos la ira con nuestros jefes, nuestros compañeros de trabajo, nuestros maridos: la vomitamos sobre los niños que son la parte más débil de la cadena.

 ¿Qué podemos hacer para que la paciencia nos acompañe de un modo genuino y sostenible durante las exigencias diarias que demanda la crianza de los hijos?
Tenemos primero que tomar conciencia. Por lo menos a nivel teórico, tenemos que ser conscientes de que nuestros niños necesitan y merecen padres y madres pacientes, que sostengan, respeten y acompañen. Que merecen el mismo respeto que cualquier adulto, o más, porque al fin y al cabo son las personitas que más amamos en el mundo. Todavía mucha gente justifica el uso de la violencia contra los niños. Y desde ahí, poco se puede avanzar.
Ese es el primer paso, pero no es suficiente. Muchos tenemos la teoría clara, pero en la práctica nos desbordamos muy a menudo. A mí me sucede con mi hija. A veces grito o impongo, y luego me siento fatal. Porque no basta con la conciencia racional, hace falta abordar nuestras realidades emocionales, nuestros propios desamparos infantiles.

¿Cómo se cultiva la paciencia?
La paciencia pertenece al grupo de cualidades que nos permiten el acercamiento al Otro, como la generosidad, la solidaridad, la empatía, la ternura... en general, el amor. Para cultivarla, es preciso asomarnos a nuestra sombra, abordar nuestras carencias inconscientes, dejar de ser niños necesitados nosotros mismos. Madurar, trascender el ego. Es lo que en general se conoce como crecimiento personal, desarrollo espiritual si se quiere. Aumentar nuestra capacidad de amar, de ponernos en el lugar del otro, de dar, en lugar de centrarnos en recibir lo que no recibimos en nuestra infancia. Como dice Jodorowski, el amor (la mirada, la atención) que no recibimos en nuestra infancia ya nadie nos la va a dar, así que centrémonos en darla nosotros, en descubrir el manantial inagotable de amor que emana de cada uno cuando nos permitimos romper nuestras corazas.
La mayoría de los adultos en nuestra sociedad somos adultos carentes, egoístas, inmaduros... centrados en llenar nuestros propios agujeros emocionales a través del consumo, el trabajo, la comida, la televisión, la apariencia exterior, la vida social, la vanidad... Así no podemos criar a nadie sin transmitir esos mismos agujeros.
Cultivar la paciencia es parte de un trabajo de crecimiento personal mucho más grande. Podemos y debemos aprovechar la maternidad y la paternidad para ello. Si todos los caminos de crecimiento personal coinciden en la necesidad de dinamitar el ego, no hay taller mejor, oportunidad mejor para eso, que la crianza respetuosa de nuestros hijos. No hay un encuentro con el Otro más poderoso y transformador que el encuentro con nuestros hijos. 

¿De dónde sacamos la paciencia cuando sentimos que ya no nos queda ni un poquito?
Cuando permanecemos tiempo con los niños, casi todos, más tarde o más temprano, terminamos sintiendo que no podemos más.
Siempre digo que es muy fácil ser "espiritual", meditar u orar en celibato o en soledad, como hacen curas, monjes y gurúes. Pero me gustaría verlos como aplican sus teorías rodeados de niños. Intentar estar presentes y satisfacer nuestras propias necesidades, manteniendo el respeto y la satisfacción de las necesidades de los niños, es el reto "espiritual" mayor que hay.
Cuando sentimos que la paciencia se nos acaba, podemos salir, respirar, pedir ayuda. Las madres solemos estar muy solas criando. Buscar tribu, familias amplias, amigas, otras madres y familias con las que compartir la crianza suele ayudar mucho.
En el momento en que nos sentimos desbordados, es necesario saber parar, mirarnos, salir de la habitación, y dejar al niño con otra persona si es posible.
También reconocer ante el niño nuestra falta de paciencia. Yo suelo decirle a mi hija que la paciencia se me acaba, y eso me ayuda a relajarme y a reírnos las dos. También le insisto en que es un problema mío, y que la culpa no es suya.

¿Cómo reconducir las respuestas violentas hacia nuestros peques cuando nos sentimos desbordados?
Es difícil. Buscar mecanismos de humor, reconocer ante los niños que nos estamos desbordando, es una buena manera. Yo creo que en el momento que nos atrapa la ira es difícil ya dar atrás. Por eso el trabajo principal es a largo plazo. Pero desde luego, en el momento en que ya nos encolerizamos, es necesario mirarnos a nosotros mismos, desarrollar la capacidad de mirarnos como quien se mira "desde afuera" y ver el ridículo que hacemos muchas veces.
Buscar el humor, reconocer ante los niños que la paciencia se nos está acabando, y que es un problema nuestro, no del niño.
Criar respetuosamente es el reto más grande de nuestras vidas. Pero vale la pena, no sólo por los niños y por el futuro, sino por nosotros mismos. En la medida en que los respetemos más a ellos, seremos más felices y mejores personas, ganaremos nosotros tanto o más que ellos.
Hoy en día no está de moda hablar de amor, de paciencia, ni de virtudes. Parece algo propio de la iglesia o así. No es progre. Hay que disfrazarlo de "inteligencia emocional" para que pegue en los contextos mediáticos. Pero la gente se cree que la inteligencia emocional es algo para ser más productivos en la empresa, más populares y más "chachis". Solo se valora aquello que nos hace más productivos o más seductores. Pero la alfabetización emocional comienza desde el mismo momento del nacimiento. Cuando nuestros niños son criados con amor y respeto por sus necesidades mamíferas y emocionales. Si las cosas se hacen bien desde el principio, no hay que desandar lo andado. De ahí parte todo.

Lee las demás entregas de este especial con entrevistas y puntos de vista sobre la paciencia en la crianza,   en los enlaces siguientes:

Twitter. @conocemimundo

miércoles, 13 de marzo de 2013

Paciencia para criar, ¿de dónde la sacamos? (Parte I)


Es un tema al que llevo dándole vueltas desde hace varios meses. Se trata de una cualidad vital pero escasa, para lograr una aproximación respetuosa hacia nuestros hijos.  Padres y madres coinciden en que desean y necesitan -como me dijo recientemente mi querido colega y director de Inspirulina, Elí Bravo- un camión de paciencia durante el desafío que supone la crianza.

Con el propósito de invitar a la reflexión,  ofrecer referentes para consolidar de un modo genuino y sostenible este recurso necesario para una crianza libre de malos tratos, se me ocurrió  hacer un cuestionario y mandarlo a un grupo de  especialistas psicólogos, educadores, madres y padres blogueros de Iberoamérica, todos amigos y amigas orientados por los principios de la crianza consciente.  La respuesta a la convocatoria ha sido generosa y sin desperdicio, por lo que vale la pena publicarla completa, lo cual significa que tenemos material para varias entregas. Estoy segura de que les va a encantar y a servir de mucha ayuda. Aquí tienen la primera parte. Recuerden que vienen más en camino. Estén pendientes cada miércoles cuando estrenaremos una nueva publicación.

La primera en responder ha sido la querida, admirada y frecuentemente citada y recomendada en mis programas y artículos, Violeta Alcocer,  psicóloga española especialista en maternidad y crianza, autora del Blog Atraviesa El Espejo. Directora y fundadora de Aula De familia. En segundo lugar recibí la respuesta de Carlos Costa, papá bloguero apegado a la crianza respetuosa y afincado en Moaña, España. Su blog, el cartapacio de gollum   


Comenzamos con Violeta Alcocer
¡Hola Berna! Allá voy con las respuestas:

¿Qué es la paciencia?
La paciencia (en el contexto de crianza y educativo) es la capacidad del adulto para dar un tipo de respuesta adecuada en situaciones de conflicto. Erróneamente se piensa que tener paciencia es "no actuar" o "no sentirse mal por las acciones de nuestros hijos". La realidad es que la paciencia está más relacionada con la capacidad personal de manejar emociones, pensamientos y conductas para que nuestras reacciones no sean ni demasiado prematuras ni demasiado desproporcionadas.

¿Qué importancia tiene en la crianza de los hijos?
Las reacciones inadecuadas por lo general son desproporcionadas e implican algún tipo de pérdida de control sobre la situación educativa, por lo que aprender a ser pacientes nos hace mejores padres y educadores.

¿Por qué a los padres se nos hace tan difícil ser pacientes con nuestros hijos?
Fundamentalmente porque tenemos prisa, aunque también porque convivimos con creencias erróneas sobre ciertos comportamientos infantiles ("lo hace para molestarme"), por estilos de pensamiento inadecuados, poca tolerancia a las emociones negativas que implica la crianza o ausencia de herramientas para intervenir en situaciones de conflicto.

¿Qué podemos hacer para que la paciencia nos acompañe de un modo genuino y sostenible durante las exigencias diarias que demanda la crianza de los hijos? ¿Cómo se cultiva la paciencia?
El primer paso es detectar los pensamientos automáticos que surgen ante situaciones de conflicto con nuestros hijos ("otra vez estamos igual" "esto hoy no acaba bien" "ya no puedo más"). Estos pensamientos condicionan y generan en nosotros emociones negativas (ansiedad, frustración, miedo, angustia, etc..) que a su vez nos predisponen a dar respuestas rápidas y desproporcionadas (gritar, dar golpes, etc..).
Así que cultivar la paciencia consta de un trabajo personal en tres áreas: pensamiento, emoción y conducta.

¿De dónde sacamos la paciencia cuando sentimos que ya no nos queda ni un poquito?
Cuando sentimos que ya no nos queda ni un poquito podemos retirarnos (que es lo deseable) y/o decirnos a nosotros mismos que no es necesario intervenir siempre y en todas las situaciones. Es mejor pensar sobre lo sucedido esa noche y cuando se vuelva a dar una situación similar, saber cómo actuar.

¿Cómo reconducir las respuestas violentas hacia nuestros peques cuando nos sentimos desbordados?
En vez de intentar "no hacer" (no pegar, por ejemplo), es más útil intentar "hacer otra cosa" que sustituya a nuestra conducta violenta habitual. Siempre es mejor dar un golpe de descarga al sillón que al niño.


 Seguimos con Carlos Costa
¡Hola, Berna! He aquí mis respuestas y comentarios.
¡Un beso!

Antes de nada, quiero indicar algo que quizá sirva para responder a todas las preguntas de golpe. Cuando alguien me dice que tengo mucha paciencia, siempre respondo que no es paciencia. Es amor lo que tengo. De hecho, creo que paciencia no
tengo mucha: si me pongo a hacer una manualidad, lo más habitual es que a los pocos minutos esté ya cansado.

¿Qué es la paciencia?
En el ámbito que nos ocupa, creo que es la capacidad de esperar a que
nuestros hijos asimilen un hecho determinado, que quizá imponemos de
forma -al menos para ellos- arbitraria (terminar la comida, recoger, vestirse para salir...)

¿Qué importancia tiene en la crianza de los hijos?
Toda, porque supone adaptarnos a sus ritmos.

¿Por qué  a los padres se nos hace tan difícil ser pacientes con nuestros hijos?
Porque vivimos en una sociedad que siempre tiene cosas "más importantes" que atender a nuestros hijos. Cosas como ir a trabajar o salir para cenar con los amigos.

¿Qué podemos hacer para que la paciencia nos acompañe de un modo
genuino y sostenible durante las exigencias  diarias que demanda la
crianza de los hijos?
Darnos cuenta de la infinita paciencia que demuestran cada día nuestros hijos con nosotros: se levantan cuando les decimos, van al colegio que hemos decidido por ellos, comen lo que nosotros decidimos y van de vacaciones a donde queremos nosotros. Con la décima parte de esa paciencia tendríamos muchos menos problemas.

¿Cómo se cultiva la paciencia?
Poco a poco. Cada día un poco más. Dándonos cuenta de que esa gota de
paciencia que usamos hoy tiene una repercusión inmediata y a largo
plazo en nuestros hijos. Eso nos animará a ser mañana un poco más pacientes que hoy.

¿Cómo reconducir las respuestas violentas hacia nuestros peques cuando
nos sentimos desbordados?
Nunca deberían darse; si se van a dar, mejor alejarse que soltar violencia contra ellos. Si soltamos violencia contra ellos, utilizar ese hecho como forma de enseñarles a pedir perdón y enseñarles que los papás no son perfectos.



Twitter. @conocemimundo


miércoles, 6 de marzo de 2013

¿Por qué los niños se “portan mal”?

 
Como si se tratara de eliminar una neumonía con solo tomar jarabe para la tos, en lugar de diagnosticar y tratar la infección que la provoca, los adultos terminamos por creer que, para educar, basta con eliminar el comportamiento no deseado de nuestros pequeños sin atender y resolver la causa que lo origina.
Aletha Solter, autora y psicóloga especialista en trauma, apego y disciplina no punitiva,  directora del Aware Parenting Institute  en su artículo “Why Do Children ‘Misbehave’?”, (“¿Por qué los niños se ‘portan mal’ ?”)  invita, a que en lugar de poner el foco en eliminar el mal comportamiento de los niños,  intentemos  – como es lógico y sensato- atender lo que lo provoca, y que según ella, básicamente se resume en tres causas fundamentales.
En primer lugar,  la psicóloga experta en disciplina no punitiva refiere  la razón del “mal comportamiento” al  hecho de que el niño está intentando satisfacer una necesidad legítima no registrada ni atendida por sus padres. Afirma Solter que cuando un niño no obtiene lo que legítimamente necesita, hará lo posible por llamar la atención hasta lograr la mirada de sus progenitores o cuidadores.   Un niño de tres años mientras  acompaña a  su madre  en  la cola de un banco, puede aburrirse rápidamente por la imposibilidad de jugar, moverse o explorar, y es muy probable que se canse, sienta sueño o hambre. Si no prevemos llevar juguetes, algo de comer, dejar que se mueva, etc., podría sobrevenir un berrinche.   Hay un ejemplo que yo uso mucho para ilustrar estos casos. Es el del peque de cuatro años que tiene la necesidad de sentirse vinculado con su papá, jugar con él,  pero  el papá no lo escucha porque está ocupado leyendo la prensa o atendiendo el celular. Puede que el niño se quede jugando solo y de pronto, sin querer, rompa el jarrón de cristal con la pelota.  Su  papá tal vez deduzca que se ha portado mal y decida castigarlo, en lugar de darse cuenta de que el niño reclamaba una necesidad legítima no atendida oportunamente. Así el niño aprende que “portándose mal” obtiene la mirada de papá.
En segundo lugar Aletha Solter  explica que la razón del “mal comportamiento”   puede responder al hecho de que el niño no tiene la información que necesita o es demasiado joven para recordar las reglas. En este sentido  Solter nos recuerda que los niños aterrizan en un mundo complejo y desconocido para ellos. No saben, por ejemplo, que el vidrio de las ventanas se rompe, o que  resulta peligroso ir al medio de la calle.   Los padres por tanto estamos para informar y acompañarlos respetuosamente a entender cómo funciona el mundo. Por otra parte no podemos  esperar que un niño menor de dos años comprenda el concepto de reglas y que además las siga. En cambio es nuestro deber como padres comprenderlos y satisfacer sus necesidades y posibilidades en cada momento evolutivo, así como mantener un entorno seguro. De manera que en lugar de prohibirle a un niño pequeño que abra  los gabinetes de la cocina o castigarlo si irrespeta la prohibición, es nuestro deber asegurar los gabinetes para que no puedan ser abiertos por el niño. Explica Aletha Solter, que a partir de los dos años  los pequeñines comienzan a discernir y a seguir algunas reglas, siempre que las expliquemos en un lenguaje sencillo y al alcance de su comprensión y que estemos preparados para recordarlas según sea necesario. La directora del Aware Parenting Isntitute aclara que un modo de comunicarnos efectivamente con los niños es permitiendo que ocurran las consecuencias naturales (sin crear consecuencias artificiales), por ejemplo, si deja su habitación desordenada, posiblemente no encuentre el juguete que busca.  Otra recomendación de Aletha Solter para lograr que el niño reconduzca su comportamiento, es hablar en primera persona en lugar de dar órdenes o de atacarlo. Por ejemplo, “me cansa mucho recoger el desorden en la sala”, en lugar de “ordena la sala ahora mismo” o “eres un desordenado”.
Por último Aletha Solter refiere como una de las causas más importantes e incomprendidas de “mal comportamiento”, al hecho de que el niño está sufriendo estrés o heridas emocionales no sanadas.  Cuando un pequeño está asustado, frustrado, celoso, molesto, decepcionado, confundido, angustiado, puede dar señales a través de su comportamiento, explica la psicóloga suizo americana. Por ejemplo, una niña que cree ver arañas en su cuarto puede resistirse a ir a su cama, o un niño asustado o frustrado puede morder a sus compañeritos. Los niños no son tan elocuentes para verbalizar lo que sienten en cambio lo manifiestan a través de su comportamiento, señala Solter, por tanto necesitan de la ayuda de sus padres y adultos cuidadores para canalizar y ponerle palabras a aquello que les pasa. Permitir que el niño exprese las  emociones que provocan estrés o traumas a través del llanto, el juego, la risa o la descarga física,  ayudará a liberar las heridas y restituir el equilibrio.
En lugar de tratar de eliminar la conducta no deseada, la clave en todo momento frente al “mal comportamiento” de los niños, consiste en averiguar cuál es la causa y atenderla con amor, respeto,  paciencia y contención. 

“Quiéreme cuando menos lo merezca, porque será cuando más lo necesite” R. Sevenson. El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde

Pueden leer aquí el artículo completo en inglés, de Aletha Solter, psicóloga experta en trauma, apego y disciplina no punitiva, fundadora y directora del Aware Parenting Institute.

Twitter. @conocemimundo

jueves, 21 de febrero de 2013

Ganamos Concurso de Bloggers del BID

La reseña completa de la entrega del premio la ueden leer aquí


Con mucha emoción comparto con mis lectores, seguidores y radio escuchas, esta gratificante noticia. He tenido el honor de recibir el primer premio del Concurso de Bloggers del BID "Habla por los más pequeños" por mi post titulado "La nalgada 'a tiempo'".  Participamos 125 concursantes de 17 países.  La noticia fue publicada el 15 de enero  en la página  oficial del Banco Interamericano de Desarrollo, y en el blog "Primeros Pasos" perteneciente a esta organización a quienes agradezco infinitamente contribuir con la tarea  de poner en relieve la causa de los niños y niñas. El premio fue entregado en una  grata ceremonia en la sede del BID en Caracas con la presencia de Rocío Medina, Representante de BID en Venezuela y la especialista en Protección Social del BID, Xiomara Alemán. En el acto, organizado por la División de Protección Social y Salud del Banco, también participaron representantes del Instituto Autónomo Consejo Nacional de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes (IDENA), así como de las organizaciones Venezuela Sin Límites y REDSOC, pertenecientes al Grupo Consultivo de la Sociedad Civil (ConSOC), y miembros de la oficina del Banco en el país. 

 

En Conoce Mi Mundo nos sentimos honrados y felices por este reconocimiento.


Estamos muy contentos de anunciar al ganador y los cinco finalistas del concurso de bloggers del BID.

La ganadora es Berna Iskandar de Caracas, Venezuela con el post titulado “La nalgada a tiempo.”

Los cinco finalistas (en orden alfabético) son:

  • Francisca Jordan (Port au Spain, Trinidad y Tobago): “Soluciones para el cuidado infantil en Trinidad y Tobago”
  • Ángeles Destefano (Argentina): “Revalorizando el valor de las madres”
  • Karina Tejada Campos (Antofagasta-Chile): “Las olvidadas y re-encontradas de la educación inicial”
  • Laura Valadez (México): “Pobreza infantil en México: los desafíos por venir”
  • Ivon Valencia Muñoz (Itagüí-Colombia): “¡Es tiempo de conquistar la confianza!”
Estos artículos fueron evaluadas por un comité de cuatro especialistas en Primera Infancia, que los evaluaron en las siguientes dimensiones: i) relevancia, ii) contenido y iii) escritura.
El martes 22 de enero se publicará en el Blog Primeros Pasos el artículo del ganador y subsecuentemente, cada dos semanas, se publicarán los artículos de los cinco finalistas (en orden alfabético).

¡Les agradecemos muchísimo a los 125 participantes de 17 países por enviarnos sus valiosas contribuciones!






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"Los beneficios económicos de los programas  de desarrollo infantil de calidad son hasta 19 veces mayores a sus costos"BID

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jueves, 14 de febrero de 2013

Liberación femenina y maternidad


Diputada Licia Ronzulli, en sesión plenaria con su hija en brazos

“La mujer venezolana actual que haya leído ‘Ifigenia’ de Teresa de La Parra, debería caer al suelo de rodillas dando gracias a Dios por haber nacido cincuenta años después … que antes era impensable ver a una mujer estudiando en una universidad o trabajando fuera de casa, pero hoy, mujer con suiche en la cartera y chequera quince y último es prácticamente ingobernable”. Todavía recuerdo vivamente este ocurrente comentario que escuché hace un montón de años en una conferencia sobre las fortalezas del venezolano dictada por el profesor y sociólogo, Antonio Cova Maduro, quien de algún modo lleva mucha razón. Si las mujeres actuales –las venezolanas y las del mundo occidentalizado-  hacemos una mirada retrospectiva, no tendríamos que desplazarnos muchas generaciones atrás. Con situarnos en los tiempos de nuestras abuelas o bisabuelas, nos bastaría para comprender que hoy, no precisamente gracias a Dios, como exclamaba el profesor Cova Maduro,  sino gracias a la lucha de las primeras feministas, ingresamos cotidianamente a territorios y gozamos de derechos y privilegios, antes restringidos a los hombres.
Sin embargo no todo lo que brilla es oro. En el afán de lograr un orden más justo, las mujeres confundimos nuestra liberación con el objetivo de parecernos a los hombres. Así fuimos ganando espacios y derechos bajo el mismo orden masculino patriarcal, jerárquico y competitivo, en lugar de situarnos dentro de un esquema más cooperativo, horizontal, dando cabida y reconocimiento a nuestra propia esencia femenina, nuestros propios ritmos biológicos y necesidades peculiares.
Hoy día las mujeres asalariadas, profesionales, empresarias… que conquistamos una identidad en el mundo exterior,  ciertamente podríamos describirnos como liberadas y modernas, pero el drama es que sentimos que dejamos de serlo en la medida en que decidimos dedicarnos a la maternidad y la crianza de los hijos. Son infinitas las crisis, angustias, confusiones y conflictos que afectan a la mujer contemporánea frente a la decisión de criar o salir a trabajar. Al igual que en los tiempos de las abuelas, la maternidad sigue siendo, hoy,  sinónimo de enclavarse en la desvalorización social y la sujeción.   Fue así antes y es así ahora porque hemos estado y seguimos organizadas bajo el mismo esquema patriarcal, de modo que disfrutamos de dichas libertades y derechos   solo en la medida en que ingresamos al territorio masculino. Mujer que decide parir y criar a tiempo completo o con mayor dedicación, ingresa proporcionalmente a la sombra. ¿Les parece que esto pueda llamarse liberación femenina?
A mí no me salen las cuentas cuando registro que ganar autonomía, identidad, reconocimiento social supone plegarnos a los ritmos del hombre y competir bajo las reglas de juego creadas por la supremacía masculina.  Nos recargamos de exigencias laborales, profesionales y domésticas en comparación con los varones que no terminan de asumir las tareas del hogar como parte de su responsabilidad (todavía abundan Pedros Picapiedra que llegan a casa preguntando qué hay para cenar en lugar de preguntar qué hacemos para cenar), nos estorba la menstruación, nos alejamos prematuramente de los hijos para regresar a un medio laboral concebido y organizado por y para varones, fagocitadas en un lugar y un sistema productivo distante e incompatible con el maternaje.
Es hora ya de plantearnos que la conquista de una genuina liberación femenina debe entrañar el reconocimiento y apoyo social al ejercicio pleno de la maternidad. Integrar la función materna  a tiempo completo, si así lo decide la mujer, como tarea remunerada, protegida, respetada, valorada y reconocida socialmente, eso es liberación.
Ciertamente hay que honrar a nuestras ancestras quienes impulsaron el movimiento de nuestros derechos civiles y a quienes debemos el hecho de que hoy votemos, vayamos a la universidad y disfrutemos del acceso a espacios antes reservados al género masculino. Pero es el momento de abrirse a una nueva conciencia donde la liberación femenina sea concebida en un orden social alternativo, fuera de la estructura jerárquica y competitiva impuesta por el patriarcado,   con propuestas distintas  al orden productivo diseñado por y para hombres que no condice con los ritmos femeninos cíclicos, ni con las necesidades de la mujer que concibe, que pare, que amamanta y que cría a sus hijos.    
Twitter. @conocemimundo

jueves, 7 de febrero de 2013

Sobre el peliagudo tema de los límites y la disciplina




Por un lado observo  a padres y adultos que atribuyen a la ausencia de límites y disciplina, todo desequilibrio o desajuste en el comportamiento o en el vínculo con los niños. Adultos que señalan cualquier conducta indeseable o valorada como mala conducta debido a falta de límites, con lo cual manifiestan la demanda de imponerlos muchas veces sin discriminar criterios, y de manera arbitraria y violenta. En otro extremo observo a padres y adultos a la defensiva con reacciones casi alérgicas frente a la palabra disciplina, normas o límites a menudo como reacción adversa a las experiencias de la propia infancia marcada por modelos autoritarios de crianza y que los hace pendular al extremo contrario. En ambos casos nos encontramos discapacitados para acompañar con equilibrio el proceso de socialización sana de los niños a nuestro cargo.   
Antes de pensar que cualquier conducta del niño es causada por falta de límites y se resuelve “poniendo límites”, tenemos que hacernos preguntas importantes. Una de ellas es,  a qué edad. Un  bebé o niño pequeño –carente de autonomía,  absolutamente vulnerable y dependiente de nuestros cuidados- que requiere atención inmediata y constante, que además no ha madurado para comprender y mantener una regla, entre otras nociones propias del razonamiento, no necesita que le “pongamos límites”. El encuentro con dichos límites, se regulan en tanto que los adultos nos mantenemos presentes, conectados, garantizando sus necesidades, su integridad y asegurando el entorno.

Progresivamente el niño va adquiriendo  autonomía y habilidades tales como caminar, comer, solo, expresarse a través del lenguaje, socializar, comprender y mantener límites razonables y  algunas reglas. Deja de percibirse como un ser único y fusionado con la madre, y logra  reconocerse como un ser distinto capaz de darse cuenta de que hay “un yo y un tú”.     Es entonces cuando acompañamos  a fortalecer sus habilidades naturales de empatía, reciprocidad, cooperación, reconocimiento de las necesidades del otro, así como las normas y los límites propios y fundamentales para la convivencia.  Nuestra obligación como padres, poco a poco supone hacerles ver que la libertad de dar rienda suelta en determinados momentos a determinados impulsos o deseos propios, básicamente se termina cuando dañamos a los demás o donde ponemos en riesgo la propia integridad.  

Cuando hablamos de límites el cómo también es una pregunta importante. No se trata de imponer límites a los hijos, sino de acompañarles a reconocerlos y a comprender la importancia de respetarlos desde el bienestar, sin violentar el momento madurativo del niño  ni su integridad como persona.

Los seres humanos no somos puro instinto como el resto de los animales. También hacemos parte de una cultura. Es verdad que en gran medida nos regulamos con el instinto respondiendo a lo que dicta sabiamente nuestro diseño filogenético.  Pero no todo lo que pertenece al instinto resulta necesariamente constructivo en cualquier circunstancia.  No podemos andar por la vida agrediendo  a otros toda vez que nos sentimos amenazados o porque nos parezcan raros o diferentes,  ni  orinando y defecando en público porque es una función natural del cuerpo o tomando cualquier cosa que deseemos sin autorización de los propietarios, etc. Los seres humanos también somos capaces de razonar, evaluar cuando un  deseo o un impulso es capaz de dañarnos o de dañar a los demás. Por lo tanto estamos en condiciones de regularnos mediante la razón. Disponemos del libre albedrío, cualidad que nos define como seres civilizados y de la cual se deriva la ética.  En la medida en que usamos el lenguaje adecuado a la edad del niño para transmitir los límites y en tanto que explicamos e informamos, negociamos,  en lugar de ordenar e imponer, estaremos nutriendo y  fortaleciendo la capacidad de razonar, la iniciativa propia y la responsabilidad de las criaturas.  

Esta es tarea que toma tiempo, requiere repetición, constancia,  ejemplo modélico, compromiso emocional de los padres y educadores. No se instaura de la noche a la mañana. Los niños están  graduando y consolidando dicho bagaje progresivamente a lo largo de años hasta alcanzar la autonomía una vez que llegan a la adultez.

Cuando son pequeños, están en una etapa egocéntrica, están en el placer, sienten el propio deseo de forma pura y total, como una necesidad urgente. Les cuesta comprender la distancia entre su deseo y la realidad (tocar  con ávida curiosidad los adornos de la casa, corretear en los restaurantes, cruzar solos la calle, comerse el paquete entero de chucherías…) A menudo dicha distancia puede resolverse con diálogo, con explicaciones, con negociaciones o quizás distrayendo u ofreciendo otras opciones al pequeño. Si es un comportamiento producto de una necesidad legítima no atendida, (hambre, cansancio, mirada, juego y vínculo afectivo) o si se trata de un comportamiento violento causado por heridas emocionales no sanadas, (celos hacia el nuevo hermanito, exigencias desmedidas, exceso de represión, experiencias de abandono, desamparo o  maltrato) debería mitigarse o mejorar una vez que la causa es detectada y atendida. Pero también hay momentos en los que debemos ser firmes sin violentarnos.  Por ejemplo, si  el niño  se empeña cruzar  la calle solo,  lo detenemos y se lo impedimos.  Sin regañar, sin castigar, sin rogar, ni suplicar. Simplemente actuamos de manera consistente cada vez que ocurra, con firmeza y sin violencia. Lo mismo si el pequeño golpea o hace daño a otras personas, adultos o niños. Sencillamente no lo permitimos. En casos así, podemos contenerlo físicamente con nuestro cuerpo hasta que se calme.

Hay reglas o límites con los que podemos ser flexibles. Por ejemplo, un día podemos irnos a la cama sin bañarnos y no pasa nada.  También hay límites  que no se negocian (si sacamos las cuentas deberían ser los menos frecuentes)
como agredir a las personas, o permitir al niño que se tome la botella de detergente porque le dio curiosidad. En ningún caso necesitamos castigar, ni pegar, ni gritar a los niños para enfrentarlos a la necesidad de integrar los dichosos límites.  

Otra pregunta importante es a qué se le pone límites. Existen malos entendidos  que nos hacen creer en la necesidad  de limitar el afecto, los pedidos de mirada, cuerpo, presencia segurizante, brazos, estimulación, compañía, porque podemos malcriar a las criaturas. Como si el exceso de amor hiciera daño. Desde la mirada de la teoría del apego entre otras ciencias que estudian al ser humano, el amor incondicional durante la infancia es la base de la salud mental presente y futura. El exceso de amor nunca ha debilitado o malcriado a nadie. Si alguna plaga o pandemia diezma a nuestra civilización es precisamente el déficit de amor.  Los pedidos basados en necesidades instintivas, que incluyen reclamos fisiológicos como hambre, descanso, así como  las necesidades afectivas como el consuelo, la estimulación, el acompañamiento del adulto cuidador, nunca se deben limitar.  Limitar la respuesta sensible ante las necesidades psicoafectivas del niño provoca experiencias de malestar, inseguridad, soledad, miedo que devienen en síntomas.  ¿ Que debemos limitar? las necesidades de consumo como por ejemplo ver la tele, comer chucherías, comprar demasiados juguetes. Necesidades secundarias que hemos creado los adultos cuando no estamos disponibles para prodigar la atención afectiva que reclaman ofreciendo un dulce o encendiéndoles la tele o la tableta para que nos dejen tranquilos.

No existen fórmulas, ni recetas, ni un listado estandarizado de límites  en cuyo marco educar a los pequeños. Cada familia constituye una identidad particular con sus propias costumbres y cultura de lo cual se desprende un conjunto de valores y reglas de convivencia. En todo caso lo que queremos lograr es que el niño desarrolle el genuino deseo de cooperar sin la amenaza de castigos o  estímulos como premios o recompensas. Es decir, que nuestro hijo o hija consiga autorregularse, que no dependa de la vigilancia constante de otros o de la amenaza del castigo o la promesa de la recompensa. Que se convierta en guardián de sí mismo, que oriente su vida a partir de la ética y de los valores que ha decidido conscientemente incorporar en su bagaje intelectual y emocional: estudiar no para obtener notas sino por el placer o la motivación de aprender… trabajar no sólo por dinero sino porque realizan una tarea gratificante o encuentran motivación al contribuir  con el bien colectivo … respetar la luz roja del semáforo o abstenerse de poner música a todo volumen al margen de que haya un policía o una eminencia de multa porque se sienten parte de una comunidad y quieren contribuir con la calidad de vida para beneficio propio y de los demás …  Seres humanos capacitados para darse cuenta de que integran un sistema en el que cada individuo constituye una unidad estrechamente vinculada al resto de los componentes (desde el más próximo al más lejano) de este vasto entramado que constituye una familia, un país, un planeta y que cada uno de nuestros actos afecta al conjunto y también se revierte hacia nosotros.

Otro aspecto a destacar sobre los famoso límites, es la relación que tienen con la capacidad  para comunicar apropiadamente lo que esperamos del otro. Así como los padres estamos dispuestos incondicionalmente a respetar a nuestros hijos, a acompañarlos y adaptarnos a sus necesidades, llegado un momento de su desarrollo  evolutivo, es deseable mostrarles que, en ocasiones, los demás también necesitan y esperan ser acompañados y complacidos.  Por ejemplo, si el niño está aburrido y quiere jugar con nosotros, podemos dejar nuestra tarea para ir a jugar con él, explicándole que luego de un tiempo debemos regresar a la tarea pendiente y que esperamos que nos permita realizarla, transando así, por “un ratito tú y otro ratito yo”.  


En general si sacamos cuenta veremos que la mayor parte del tiempo los niños se pliegan a lo que le pedimos, hacen sus rutinas y su vida tal y como se lo indicamos casi siempre, cada día. El problema surge cuando los adultos no sabemos reconocer, nombrar, por tanto explicar y pedir asertivamente a nuestros hijos, lo que necesitamos de ellos y con el lenguaje apropiado para su edad. Tal vez porque nadie nos permitió ni nos enseñó a reconocer y pedir de un modo transparente lo que necesitamos durante nuestra propia infancia plagada de tratos autoritarios, exigencias desmedidas y descalificaciones constantes hacia nuestras necesidades legítimas.  Así las cosas,  los elementos quedan servidos para que  padres y madres, incluidos los que decidimos apostar por un nuevo paradigma de crianza o  intentamos practicarla,  seamos susceptibles de atravesar los linderos hacia el extremo de la anarquía. Me refiero a los casos de niños que se violentan, patean, gritan y golpean a sus padres o a otros si no se les complace de inmediato, en todo momento y sin tregua. Niños que sistemáticamente desconocen y se niegan a dar cabida al deseo de otros.  Niños que luego llamamos tiranos.

Pero la responsabilidad es de nosotros los adultos que al no saber cómo pedir lo que esperamos, impedimos que el niño reconozca e interiorice los límites razonables así como su propia capacidad de cooperación, altruismo y reciprocidad cercenado  las habilidades para negociar, acordar y fluir en el entorno compartido con otros.  Aclaremos que no hablo de adaptar a los niños  a un orden social injusto con demandas desmedidas, pero tampoco se trata de saltar hacia el extremo de “desadaptarlos” del mundo donde necesariamente tienen que desarrollar habilidades de convivencia. Se trata de apostar por el equilibrio entre dar y recibir, ser flexibles y ser firmes.  Como los equilibristas quienes oscilan a ratos hacia la derecha y luego hacia la izquierda, para sortear la gravedad y mantenerse caminando.

Comunicar al niño lo que sentimos sin menoscabar a la persona (“me canso mucho cuando tengo que recoger todo el desorden en la sala” en lugar de “eres un desordenado”), enseñarles a reconocer nuestras necesidades y lo que esperamos de ellos (hemos jugado juntos toda la tarde, ahora mamá necesita concentrarse en hacer un informe de trabajo, luego podemos seguir jugando), impedir que dañe a otros o que irrespete el derecho de otros (no pegamos a los demás ni tomamos sus pertenencias sin permiso), y si es necesario hacerlo con firmeza pero al mismo tiempo con amabilidad, también constituye una faceta indispensable de la crianza  respetuosa.  


Aquí aprovecho para insistir en que actuar con firmeza cuando es necesario, no significa usar la violencia. Aunque nadie nos enseñó cómo hacerlo,  a pesar de que no tengamos referentes, podemos aprender a ser firmes y al mismo tiempo amables. Tal vez para comprenderlo y llevarlo a la práctica de un modo equilibrado, genuino y sostenible, necesitemos primero revisar nuestras propias historias infantiles afectadas por los estragos de la crianza coercitiva, que ahora desde el rol de padres, reeditamos inconscientemente situándonos en los extremos de la culpa, el miedo y la sumisión o del autoritarismo, la ira y la imposición. Organizados así, indefectiblemente habrá caldo de cultivo para que surja un abusador y un abusado.  Y esto no es lo que queremos para nuestros hijos.


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